EL BEATO PADRE ALFREDO PARTE Y SU PATRIA CHICA.pdf

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Comienza el médico forense D. Jose Manuel Venero su labor con mimo. Limpia los huesos, les
prepara. Van a constituir su reliquia, su presencia corporal entre nosotros. Toma en sus manos el
cráneo y nos enseña el orificio que le deja la bala. Comenta que puede ser el tiro de gracia que se
acostumbraba a dar.
A continuación todos los presentes firmamos como testigos del acta de su exhumación.
Al día siguiente sus restos fueron trasladados a Villacarriedo para quedar depositados en una
capilla de la Iglesia del colegio dedicada a él. Va a ser su morada definitiva. Su lugar preferido.
Hasta entonces, a raíz de su muerte fue enterrado en una fosa común en el cementerio de Ciriego.
Algún tiempo permaneció allí. Un día las familias de los enterrados deciden recuperar los cadáveres
de esa fosa común y darles sepultura en otros lugares. Es el caso del P. Alfredo. Reconocido su
cadáver por el P. Manuel Campo, tío del P. Tarsicio deciden llevarle a la cripta de la Iglesia del
Santísimo Cristo. Allí permanecerá hasta el día del presente escrito.
NOTAS DE LA BEATIFICACIÓN
Plaza de San Pedro y estrado en el que el Papa celebrará la ceremonia de Beatificación
El día uno de octubre del año 1995, a las diez de la mañana en la Plaza de San Pedro del Vaticano,
comenzaba la solemne ceremonia de Beatificación de 106 cristianos, testigos de la fe. De éstos 46
eran españoles de distintas congregaciones religiosas. Cito solamente dos grupos. 16 hermanos de la
doctrina cristiana de Valencia y trece escolapios. Dentro de este grupo reseñar al P. Pedro Casani,
contemporáneo del fundador de la Congregación de la Escuela Pía, San José de Calasanz y por su
cercanía a nosotros P. Alfredo Parte, natural de Cilleruelo de Bricia (Burgos). Preside la Santa Misa
el Papa Juan Pablo II, acompañado de algunos cardenales, varios obispos, un grupo de sacerdotes,
amigos y familiares de los Beatos. En el altar y muy cerca del Papa se encuentra también el P.
Inocencio, hermano carnal del P. Alfredo.
El día era espléndido. Lucía el sol y corría una pequeña brisa por la plaza que mitigaba el calor del
mediodía. Otra clase de calor nacía de la alegría y entusiasmo de todos los presentes. Vaya si es
cierto que las alegrías cuando se comparten se multiplican. La plaza estaba bastante llena. Hasta
debajo de las columnas de Bernini se extendía el personal. Los entendidos hablaban de una cifra
aproximada de 105.000 personas. Naturalmente de todos los países del mundo. Y entre tanto dos
pequeñas peregrinaciones más, la que forman sus familiares. Una de la patria chica y comarca del
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