REVISTA NUMERO 25 CANDÁS EN LA MEMORIA.pdf


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LA SOLEDAD DE LA TARDE

Sobrecoge el silencio en la calle Braulio Busto.
En la cruz-anuncio de la farmacia destella en
secuencia programada la hora sobre fondo verde:
las seis y diecinueve de la tarde. Cierto es que las
restricciones, sobre todo las hosteleras, inducen
a la clausura, y que noviembre no es un mes lo
que se dice salidero, pero no por ello deja de ser
domingo. Y encima el buen tiempo acompaña.
Sin embargo, nadie deambula por la calle. En La
Baragaña, epicentro del juego infantil, ni siquiera
un solo un niño corretea con la pelota. La plaza
está desierta. Es algo insólito, desconsuela
verla así. Es como si el dios que gestiona la
existencia, desganado en su quehacer, hubiese
tirado la moneda de la suerte al aire para que ella
decidiera sobre qué ofertar a la vida y la moneda
hubiera caído con la cara de la soledad hacia
arriba.
Continúo el paseo por Valdés Pumarino, calle
bulliciosa donde las haya, la que marca el pulso
del alterne en el pueblo. Me detiene en seco el
profundo letargo que de ella emana. De nuevo
el silencio sepulcral que lo envuelve todo.
Desolación en estado puro. No puedo evitar
preguntarme si seremos merecedores de lo que
está sucediendo, son muchos los indicadores que
dicen que sí, pero aunque así fuera y pensando
en soltar lastre de culpabilidad quizá debiéramos
achacar la culpa a una jugarreta del destino, a
un error descomunal que éste debe de subsanar.
Urge la premura en la reparación.
Y ya que por desgracia las vidas que se fueron

no se pueden recuperar, tal vez deberíamos
rogarle, o conminarle -no sé-, que minimice en
lo posible el daño ocasionado y que le requiera a
ese dios desganado que le dé la vuelta a la moneda y nos devuelva el roce desdeñado, los abrazos
y los besos, el apretón de manos, las sonrisas sin
embozo, los vermús toreros, las reuniones familiares sin cuentagotas, las sobremesas de amigos
y los cantares de chigre… Que nos devuelva el
alborozo y el salero a la vida. Qué menos.
Languidece la tarde del domingo. Hay
noticias halagüeñas que hablan de vacunas
para el comienzo de año, esperemos que no
sean espejismos, placebos de escasa eficacia
promocionados por los intereses farmacéuticos.
Por encima del tejado del museo Antón se
perfila Damocles. Una alegoría de aquella
espada que el rey Dionisio mandó colgar de un
frágil hilo sobre la cabeza de un noble sentado
en su trono, para hacerle ver que por mucha
riqueza y mando que tuviera, la muerte podía
llegar en cualquier momento, y que, por tanto,
más que el poder y la opulencia, lo sustancial era
saber disfrutar del presente en todo lo posible.
Miro atrás, al silencio.
Manca en el alma la soledad de la tarde.
Escrito y Fotografias de José Carlos
Álvarez
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