REVISTA CANDÃS EN LA MEMORIA numero 21.pdf

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NOCHE DE SAN JUAN
No hay destellos incandescentes en el cielo de
Palmera, ni tampoco crepitar de hoguera en la
playa. No se oyen cánticos de danza prima en
la plaza de los Helio. No hay público asistente,
ni ceremonial de fuego, como tampoco hubo
romería en el prao de Gervasia para la festividad
de San Antonio. A lo sumo festejos virtuales
subidos a internet para no perder la tradición.
La `nueva realidad´ obliga, y toca ser comedidos
con los actos multitudinarios. Es tiempo de
mascarilla o de distancia de seguridad.
En la oscuridad de la playa una pareja se adentra
de espaldas al mar para cumplir con el ritual de
las nueve olas, creyendo que con ello se aseguran
salud y también fertilidad. Es la noche de San
Juan.
Tras el paseo infructuoso ella regresa a casa
y coloca en la ventana de la cocina, sobre el
alfeizar, un recipiente con agua colmado de
pétalos de rosas, para que el relente nocturno
le transfiera las propiedades mágicas que
durante esas horas merodean la oscuridad.
Será por la mañana, al alba, cuando remoje su
cara en esa agua encantada con la convicción
de que le proporcionará tersura y belleza a la
piel. Antes de acostarse, justo a la medianoche,
bajará a la acera con el muérdago y el papelito
requetedoblado que contaba quemar en la
hoguera; entre los dobleces figuran escritas
todas las cosas malas que pretendía desterrar
arrojándolo a las llamas para que no le volvieran
a suceder. A falta de hoguera unos folios
desechados junto con unas cerillas le valdrán
para consumar el rito.
De forma inesperada el mundo se había
detenido, paralizado por una pandemia que
tarde o temprano tenía que llegar. Un tiempo sin
vuelta se ha quedado atrás y un mundo diferente
se cierne sobre nosotros al retomar la inercia del
movimiento. Esperemos no añorar en demasía
lo dejado por la popa.
Hubo un tiempo, cuando el mundo era joven
todavía, en el cual se forjaban leyendas, muchas
de ellas relacionadas con el sol, la tierra, el agua
o el fuego. Por entonces los humanos les rendían
pleitesía a estos elementos por considerarlos
todopoderosos y dadores de vida y bienestar.
Una de esas leyendas decía que el sol estaba
enamorado de la tierra y que en el solsticio de
verano se resistía a abandonarla. Su obstinada
pasión daba lugar al día más duradero del año
y por ende a la noche más breve. Las tribus,
en la anochecida, encendían hogueras para
transmitirle la energía del fuego al astro rey y
darle fortaleza en su deambular hacia el solsticio
de invierno, donde la noche se tomaba ansiada
venganza al convertirse en la más duradera
de todas las noches. Luz, sinónimo de vida.
Oscuridad, de muerte.
Con el transcurrir de los siglos aquella
noche más corta del comienzo del verano va
adquiriendo connotaciones mágicas y al fuego
purificador y fértil de las hogueras se le van
sumando nuevos rituales relacionados con
el agua y con la tierra, vinculada ésta con la
ceremonia a través de las plantas, las ramas y
las flores. Milenios después, con el auge del
cristianismo, la tradición se trasladó a una fecha
más acorde a los intereses religiosos: la noche
anterior a la celebración del nacimiento de Juan
el Bautista. Había que cristianizar costumbres
paganas.
Texto y fotografia
José Carlos Álvarez
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