REVISTA 20 CANDÁS EN LA MEMORIA.pdf


Vista previa del archivo PDF revista-20-cands-en-la-memoria.pdf


Página 1...15 16 17181924

Vista previa de texto


DESESCALADA

Se puso el pantalón corto de deporte, la camiseta,
la sudadera y calcetines deportivos, cortos
también. Los playeros los dejó en el rellano de
la escalera, junto a la puerta de entrada, para
calzarlos al salir de casa. No quería pisotear con
ellos el pasillo no fuera cosa que el virus, si acaso,
permaneciera aún adherido a las suelas.
Era temprano, y el silencio de la congoja
permanecía persistente en el pueblo desde hacía
ya dos meses y se hacía notar mucho más a
esa hora. Cierto es que el desasosiego se había
relajado días atrás con la instauración de las
franjas horarias que regulaban las salidas para
pasear y hacer deporte, pero a nada que pusieras
el oído podías percibir aquel silencio entre el
runrún de los paseantes. “Vino para quedarse”
-pensó-.
Recorrió andando el paseo marítimo hasta la
altura de `les casetes´ y luego comenzó un trote
muy suave para retrasar en lo posible la fatiga
por la inactividad del confinamiento. Abajo, en
la playa, una decena de surferos cabalgaban la
tabla dejándose mecer por una agua cristalino
y adormecido. Lo de menos para ellos era la
carencia de olas, lo primordial era satisfacer el
mono de mar debido al parón impuesto por la
pandemia.
Durante unos instantes se detuvo junto al banco
de hormigón, tras La Cabaña, y observó el
pueblo. Siempre que pasaba por allí, desde que
se reanudó el paseo y la actividad deportiva, se
detenía y contemplaba su Candás. Y pensaba
abrumado, mientras disfrutaba de la panorámica,
en esa nueva realidad de la que día sí, día
también, le sermoneaban desde los telediarios
y otros medios de comunicación y cuya lectura
entre líneas revelaba la cruel batalla que se
mantenía entre bambalinas, donde la supremacía
económica estaba en juego para hacerse con
el control del nuevo orden mundial que se
estaba gestando. Restricciones, distanciamiento
social, mascarillas, desinfecciones, control
de movimientos, cuarentenas, relaciones
virtuales…, todo ello con el parabién necesario
de la ciudadanía en aras de combatir ese virus
letal causante de cientos de miles de muertes en

el mundo y cuyo origen consideraba más que
dudoso. Poder y sumisión, quizá ahí estuviera la
clave.
Le cogía un poquito mayor y las medidas, necesarias hoy, le asustaban aún más que el bichito
de moda en sí, pues dudaba mucho que una vez
conseguida la vacuna capaz de inmunizar contra
la nueva plaga se diera marcha atrás a ese `gran
hermano´ de control que dejaba con el culo al
aire la intimidad de las personas. Por un instante
le vino a la mente la película `Los juegos del
hambre´.
Ya de vuelta, sudoroso, aunque menos fatigado
de lo que supuso iba a llegar, se detuvo junto
a la escultura de La Marinera. Las terrazas del
Hotelito y El Submarino estaban dispuestas y
con cierta ocupación, y eso que todavía faltaban
minutos para las diez de la mañana. Cayó en la
cuenta que era el día en que comenzaba la fase
uno de la desescalada. Ello conllevaba, entre
otros, la apertura de terrazas con limitaciones.
Poco a poco retornaban costumbres aparcadas.
Quiso creer, incauto, que el exceso de confianza
no predominaría entre los contertulios que las
ocupaban.
Subió con parsimonia las escaleras de la Jorja
camino de casa. Lo acaparó el pesar por la
cantidad de besos, carantoñas y también abrazos
no dados, y perdidos por tanto, a lo largo del
confinamiento. No obstante, había puesto a
buen resguardo un par de cada. No es que fuera
besucón, ni cariñoso en exceso, algo que toda su
vida se reprochó, pero a pesar de ello esperaba
con ansiedad la visita de sus dos hijas para poder
dárselos. Quizá no fuera muy legal, dadas las
circunstancias, pero eran sus hijas.

Texto y fotografia de José Carlos Alvarez

17