REVISTA NUMERO 18 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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Los cuentos de los viejos pescadores
Los viejos pescadores saben mucho: la vida
los maltrata, los azota, y es siempre necesario
que espabilen. La vida viene así, no siempre
es fácil poder sobrevivir con lo que ocurre:
también hay que lidiar en el camino. Y tienen la
paciencia de los viejos, lograda tras los años de
experiencia, pulida tras los años que discurren
en este mundo lleno de miserias. Alcanzan el
saber con sacrificio: curtidos por el mar y los
trabajos, no queda otro remedio que ser sabio.
La vida del marino es siempre dura: lo dicen
los que viajan en los barcos, las gentes que
trabajan en los puertos. Los hijos, las mujeres, la
familia conocen las durezas de este mundo, los
golpes de la vida, los problemas que siempre se
superan con esfuerzo. La gente de la costa ama
las lluvias. Hay algo de romántico en el gusto
de los fareros tristes, solitarios: se pasan horas
muertas contemplando los golpes de la espuma
en los cantiles y el grito de los vientos en el aire.
Prefieren la altivez del mar bravío, la voz del
aguacero —si es que llueve—, la fuerza con que
suelen las galernas tener en jaque al hombre de
los mares.
Al fin y al cabo, viven en los puertos. Se mueven
por ambientes donde todos comentan las
tragedias de otras veces.
—Quizás no es el oficio más seguro, si vas en un
pesquero de los viejos —se cuentan cuando están
en la bodega.
La voz del marinero es siempre firme, nos habla
de la vida y sus durezas sin ánimo de queja, con
bravura.
Y ven el gris del cielo, y ven la lluvia, y sienten
esa lluvia como propia, y asumen que esa lluvia
es algo suyo, tal vez como la espuma en cada
playa:
—La inmensa soledad en la llanura del mar te
vuelve un hombre melancólico, no dejas de pensar en la familia…
Así lo explica alguno en una barra, quizás en una
mesa, mientras bebe y olvida las penurias de la
vida. Son tantas las penurias de la vida… Y, al
tiempo que discurre, siempre es bello soñar
con las gaviotas en la proa, que llora como un
verso en los cantiles.
Los hombres de la mar, aunque son recios, esconden en la hondura del espíritu los ánimos
sensibles del poeta.
Y el viento suele ser un compañero, su voz está
presente en los veranos, también en los otoños,
en los meses de negros nubarrones y tristeza. Lo
escucho mientras bebo con la gente de un pueblo
marinero en cualquier parte, perdido en excursiones caprichosas.
—El viento, compañero y buen amigo, si sabe
acariciarnos en el rostro, si juega con las barbas
de los viejos…
La voz del marinero es siempre firme, nos habla
de la vida y sus durezas sin ánimo de queja, con
bravura. Los viejos pescadores del antaño también son mentirosos y guasones: les gusta hablar
del mar, ser presumidos, hablar de cantidades de
pescado…
A veces escuchaba sus relatos: hablaban de las islas sumergidas, del mito de la Atlántida perdida.
También contaban cosas de lugares que quedan
más allá del horizonte, que existen más allá del
horizonte. Y allí, los habitantes de la zona solían
ser gigantes, pueblos bárbaros, tal vez gentes
arcaicas que mataban a náufragos tan sólo por
robarles… Algunos explicaban que, en Artedo,
llegaron submarinos alemanes en tiempos posteriores a la guerra. Había quien decía que hay
serpientes en ese mar lejano del Caribe, poblado
de piratas en los cuentos. Y había quien hablaba
de ballenas inmensas, como todo un continente,
tan grandes como puede ser la playa de un pueblo de la costa del Cantábrico.
—¿Tan grandes como un pueblo? —preguntaban
los niños con asombro al escucharlo.
—Tan grandes como un pueblo no lo creo —
solían responder con gesto serio, llevando el
cigarrillo hasta los labios.
Hay algo sugerente en esos cuentos, la forma de
contarlo, lo que dicen…, y es bello regalarse tontamente, dejándose llevar, como los niños.
Los cuentos del ayer siguen presentes.
José Ramón Muñiz Álvarez
Escritor español (Gijón, Asturias, 1974). Licenciado en
filología hispánica y especialista en asturiano. Es profesor
de lengua castellana y literatura en Castilla y León.
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