REVISTA NUMERO 17 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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UNA MAÑANA DE FEBRERO
Hacía ya un tiempo que no se acercaba hasta
allí. La pereza y ciertas disculpas disuasorias
habían relegado sus paseos matutinos. Se
paró junto al murete al lado del puente
metálico. La mar, encorajinada aún,
mostraba abajo en el acantilado los postreros
embates de la borrasca `Ciara’. Llovía esa
mañana, aunque de manera intermitente.
El repiqueteo monótono de las gotas en el
paraguas le producía una sensación relajante.
Cerró los ojos. Captó el rumor bronco que
las crestas de las olas producían al romper en
los bajos rocosos de la playa. La conjunción
de sonidos generó en su cabeza un efecto
seductor. Se dejó ir.
Creyó percibir el traqueteo del tren en el
túnel que da entrada al Tranquero. En la
plataforma del segundo coche un niño,
rubiales, se agarra con desparpajo a la barra
central. A su lado los barcales repletos de
pescao que las sardineras llevan a vender por
los alrededores de Aboño. De lunes a viernes
se sube en Candás a ese tren: el Carreño de
las siete y diez. Va a estudiar a la escuela de
Revillagigedo. Es muy pequeño todavía,
apenas nueve años, aunque se siente mayor
por saber desenvolverse sin falta de ayuda.
Desconoce que su tío lo estuvo siguiendo
al principio, durante varios días, hasta
comprobar que se arreglaba por sí mismo. En
su mundo de infancia no sabrá calibrar las
consecuencias de la tragedia inminente que
se le viene encima: la pérdida de su madre
y las carencias anímicas que la ausencia
inesperada le deparará en su futuro.
Un “buenos días” le sacó de su embeleso
retornándolo a la realidad. Correspondió al
saludo. Los sonidos recuperaron repentinos
la nitidez.
Volvió el repiqueteo de la lluvia en el
paraguas y la resonancia embravecida de las
enormes olas rompiendo en la playa.
Miró instintivo hacia el túnel a su derecha.
Sin apenas terminar el movimiento se lo
reprobó por ingenuo. Hacía mucho ya que El
Carreño como tal había desaparecido. Décadas desde que la caja de la vía a su paso por
El Tranquero diera lugar a uno de los paseos
costeros más bonitos que tenemos. Muchos
años. Cierto. Tantos que el recién y vívido
recuerdo le pareció por un instante, sólo
un instante, una quimera de su atolondrada
cabeza.
Volvió sobre sus pasos. Aquel niño del tren
se había hecho mayor cuántos lustros ha. El
pelo rubio se fue desperdigando entre los
recovecos de los años transcurridos hasta
casi desaparecer de su cabeza, a la par que
la mochila de su vida se fue cargando con
un bagaje de experiencias de toda índole.
Ahora cerquita de la jubilación cabila en
muchas ocasiones sobre cómo las ambiciones
dinerarias y los anhelos de juventud se
fueron sosegando con la edad. Le ocurre casi
siempre que, al contemplar un amanecer, o
al contar las estrellas alguna que otra noche
despejada, o cuando su mujer le dedica una
carantoña, o sus hijas de sopetón le gastan
una broma acompañada de un beso, o
cuando comparte tertulia con los amigos, se
siente la persona más afortunada del mundo.
Sin embargo, y a pesar de todo lo bueno
que hasta ahora le deparó el destino, nunca
pudo desembarazarse por completo del
desconsuelo de aquella pérdida temprana
que de pequeño no supo calibrar. Sabe que
el malestar, porfiado, persistirá dentro de él
apesadumbrándolo durante el resto de su
vida.
Escrito de José Carlos Álvarez
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