REVISTA NUMERO 16 CANDÁS EN LA MEMORIA.pdf


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LA CABALGATA

Acudo a su encuentro un año más; a verla pasar
Baragaña arriba camino de la iglesia. Fantasía en
movimiento.
Suenan villancicos al ritmo de la banda gaites.
Navegan el asfalto un par de lanchas remolcadas
por tractores que marcan el rumbo. Van niños
a bordo vestidos de marineros que saludan
sintiéndose protagonistas, para orgullo de sus
padres que los siguen de cerca haciéndose
hueco entre el desfile comenzado en el muelle.
Pasan personajes agigantados por zancos y
secundados por fuegos malabares. El príncipe
Aliatar, a pie, dando ejemplo de austeridad y
hasta un enorme elefante con mucho trabajo
artesanal bajo las luces que lo iluminan.
Poquito a poco, intercaladas entre los séquitos
juveniles se acercan las tres carrozas. Respiro
pausado, disfrutando del momento. Coloco
el brazo izquierdo sobre los hombros de mi
mujer y me fijo en las caras de sus majestades.
Los reconozco. Son los mismos de las últimas
cabalgatas.
Casi legendarios. Envejecen año tras año
entre las emperifolladas vestimentas, mientras
los niños mayores se van descolgando de la
infancia camino de la pubertad, dejando atrás
la inocencia como tributo y tesoro para otros

niños que de seguido les siguen recién enseñada
su patita a la vida. La rueda del tiempo que no se
detiene.
Un señor entrado en años invade el espacio
acotado al desfile para malestar de las personas
aglutinadas en la primera fila, agachándose
codicioso a la captura de los caramelos que tiran
los Magos. Serán para su nieto me digo, o tal vez
sea ese remanente infantil que todos llevamos
dentro el que le impulsa a ello sin ser realmente
consciente de que su tiempo pueril hace mucho
que ha pasado. A su lado varios chavales
corretean bulliciosos cercanos a las carrozas
disputándole al viejo el goloso botín. No son
muchos, a decir verdad, y escaso es el afán.
Los hay con las bolsas medio llenas, es cierto,
pero son demasiados los caramelos que quedan
esparcidos por el suelo sin recoger. Tiempos
modernos, donde las nuevas costumbres de
agasajos a los peques bajo cualquier pretexto
-llámese santo, cumpleaños, papa Noel, por
buenas notas, porque somos papis chupiguays…,
o porque sí- predominan desde el mismo
momento en que nacen, aletargando, por
reiteración en los regalos, la emoción infantil del
día de reyes.
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