REVISTA NUMERO 13 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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PEÑA FURADA
Algo me induce a detenerme esa mañana y
observarla. Es tan cotidiana su imagen que en
la mayoría de ocasiones suelo pasar de largo sin
apenas prestarle atención. No sé, creo que es el
sol de octubre, con su luz ambarina produciendo
visos en las grietas de la peña que dan a levante.
A nada que la mires te das cuenta que hace mucho se ha hecho mayor, al menos en el cómputo
del tiempo que utilizamos las personas. Quién
sabe desde cuándo llevará ahí enraizada.
Tal vez fue observadora imperecedera de
nuestros ancestros más antiguos. De aquel
asentamiento primigenio que dio origen al
pueblo. Dicen que el nombre de Candás ya
aparece en escritos fechados allá por el siglo X.
Incluso hay quien asevera que debe su topónimo
a un noble godo llamados Caudaces, cuyas
peripecias acontecieron en el siglo V.
por la incertidumbre luctuosa cuando la
mar requería botín, y también de alborozos y
alabanzas cuando `milagrosamente´ protegidos
por aquel Cristo, recogido allende en los mares,
regresaban a salvo los marineros, esperados en
el puerto con angustia vital, tras la contienda
con la galerna.
Me pregunto que nos contaría si pudiera hablar.
Cómo sería su narración.
Tacón de la virgen, para unos, montera picona
-desmochada en su tiempo por obras de
ampliación del muelle- para otros. Peña Furada
para todos. Emblema pétreo que vio amenazada
su existencia por un proyecto irrespetuoso de
la administración que planteaba su derribo
y desaparición en pos de un indolente
aparcamiento.
Icono candasín en toda su magnitud.
Reverbera la imagen de la Furada en el agua
cristalina. Sube la marea ocultando la pequeña
poza que a las bajamares se forma en su
oquedad. La misma poza donde uno, bajo la
atenta mirada de su madre, dio sus primeros
chapoteos veraniegos cuando apenas había
comenzado a andar.
Le brindo una reverencia cortés, a la par que
velada, a la Peña y retomo el paseo. El contraste
de luz y sombras perfila una cara ilusoria y
rugosa en la roca que parece irradiar un guiño
cómplice de despedida. El veranillo de san
Miguel sigue en pleno apogeo en estos primeros
días de octubre.
Quizá sea, por tanto, coetánea pasiva de todos
aquellos aconteceres que a lo largo de los siglos
dieron empaque a la historia del pueblo. Testigo
inerte de los primeros flirteos de los candasinos
con la mar; de la arribada del Cristo rescatado
en las aguas del Gran Sol recién comenzada la
edad moderna; del auge conseguido por aquella
raza especial de pescadores que llevó al puerto
a marcar las pautas de venta en las demás rulas
asturianas; del florecer de las bodegas y del
trasiego sacrificado de les muyeres de la paxa;
de tantos y tantos ruegos y lágrimas causados
Texto y Fotografias José Carlos Álvarez
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