REVISTA NUMERO 9 CANDÃS EN LA MEMORIA (1).pdf

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DÍA DE LA MADRE
Sube al menos una vez al mes. A llevarles flores.
Sobre el asiento del copiloto reposa un centro
de rosas amarillas irisadas por un sol templado
que penetra a través de la ventanilla del coche.
Hace años que elige ese color, el amarillo en las
rosas, le transmite calidez y apego. Hoy es de los
días especiales marcados en su calendario. Es la
mañana del primer domingo de mayo.
Serpentea el asfalto entre la urbanización de
Piñeres y el sendero que entre los praos salva el
desnivel costero y asciende desde La Ería hasta
lo alto de la loma. Suele pararse en la entrada
del cementerio y observar el pueblo. Le encanta
el contraste luminoso que en mañanas despejadas acapara el panorama. Esa visión de luces y
sombras en alianza matutina deslizándose entre fachadas y calles de su Candás. Ese primer
plano de Rebolleres con evocaciones infantiles
de baños veraniegos. El recorte escarpado de la
costa que se incrusta vasallo en el lecho marino,
y sobre el horizonte, más allá de Torres, los Picos
de Europa, crestas de caliza elevadas al cielo que
muestran pequeños vestigios blanquecinos de las
nevadas invernales.
Decide entrar por la puerta principal. Apenas
quedan cuatro de los cipreses que de antiguo
jalonaban el pasillo central, verificando el pragmatismo de que toda existencia tiene su fin,
incluso la de ellos que simbolizan eternidad.
Desprende fragancia el recinto. Esencia floral.
Color y aroma.
Le agrada el fresco perfume y también el colorido ornamental de las flores en los nichos y sepulturas. Siendo joven le intrigaba el por qué se
llevaban flores a los cementerios.
por José Carlos Álvarez
Le parecía más apropiado utilizarlas para eventos
más alegres: nacimientos, cumpleaños, cortejos,
bodas y demás, y le rucaba en demasía qué nexo
tenían con la muerte, sobre todo por la desazón
que la palabra le producía. Supo que en la antigüedad las utilizaron para enmascarar olores,
y tras la aparición de las técnicas de embalsamamiento pasaron a ser una ofrenda a los que se
fueron. Ella ahora las considera vínculo esencial
de su añoranza, su forma de expresar el profundo respeto y el cariño hacia su gente que ya no
está y echa de menos. Son su homenaje perenne.
Deposita el centro sobre la repisa del nicho. De
entre las rosas son cuatro los capullos de lirio
que germinan desplegando sus pétalos blancos.
Dicen que son símbolo de pureza, la misma que
ella tiene en el sentir. Desliza la mirada sobre los
nombres grabados y por unos segundos su pensar se pierde entre imágenes de niñez, mientras
recoloca las flores adecuándolas a la posición que
le parece más lucida. Los echa de menos. A los
dos. No puede evitar emocionarse, le ocurre en
cada despedida cuando los dedos de su mano,
portadores de un tenue beso, rozan con ternura
la lápida.
Se gira para irse, es hora de regresar y recomponer su optimismo vital. Nostalgia y alegría se
entremezclan por momentos. Siente que hace
tiempo se ha hecho mayor y evita pensar en algo
que le abruma hasta la desesperación: la soledad.
Hoy no ha lugar. Llamará a sus hijas en llegando
a casa para salir comer. Toca celebración.
Abre la puerta y se sorprende ante la penumbra
que reina en el salón. No recuerda haberlo dejado así, a oscuras. La mano se paraliza antes de
accionar el interruptor. Magnetiza su mirada la
lightbox sobre la mesa, una caja de luz con fondo
blanco donde resalta un mensaje: “FELIZ DÍA
MAMÁ”.
Se respinga a la par que la luz se enciende. La
estaban esperando. Nota como el cuerpo se le
colma de dicha. El tiempo se paraliza eternizando la sorpresa. Es un instante infinito pleno de
dicha donde, sin lugar a dudas, se siente la madre
más querida del mundo.
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