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La puerta vedada

que continuar en ese lugar tan lleno de hostilidades
porque lo necesitaba y le gustaba lo que hacía.
Atravesó la avenida en el momento justo en que dos
sujetos se acercaron a ella. Eran dos, así dijeron los
testigos que presenciaron cómo la mujer era agredida,
uno con un tatuaje en forma de ancla en el brazo
derecho y el otro, muy nervioso con un machete. –
El del tatuaje golpeó a la señora, –testificó, –pero el
otro le siguió pegando con el lomo del machete. Los
vimos pero no pudimos hacer nada, tuvimos miedo.
Ella realmente no se percató del momento en que
aparecieron sus agresores, pero al recibir el primer
golpe reconoció a uno: era el mismo rufián a quien
no convenía su presencia segura esa noche; claro,
disfrazado con esa máscara perfecta, pero era esa
mirada burlona, su mirada vidriosa, su inconfundible
tatuaje. Lo reconoció, pero estaba muy lejos de la
normalidad. Era en realidad un sucio y magnífico
ardid: confortarla, darle una bebida fuerte, debilitarla,
golpearla para que perdiera la oportunidad de
enfrentarlos esa noche en la reunión. Perdió el
sentido, una batalla, pero nunca la dignidad.
Despertó en un cuarto lleno de flores, lleno de
sonrisas, de voces amigas, de rostros amados. Supo
que el muro bloqueador era circunstancial, que su
trabajo era importante y los tontos vericuetos en los

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