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La puerta vedada

loco de atar. Iguales, igualitos hasta con los gustos
por las chicas. Nos gustaban las mismas y eso no
facilitaba las cosas, pues te enamoraste de Tere y yo
también; te gustaba Lucía, y a mí me encantaban sus
ojos color miel y su voz; eras uno de los mejores en el
equipo de básquetbol y yo no me quedaba atrás, pues
juntos íbamos a los torneos. Éramos buenos, sí, hasta
que juntamos nuestros gustos por los vicios. Allí fue
el acabose ¿o no?, después de ese partido en que le
ganamos a los de la prepa y el festejo, cómo olvidarlo
si nos marcó para siempre: la chica desnudándose
frente a nosotros, las copas, una tras otra; una entre
los dos, una botella de litro entre tres, una misma
mujer entre los dos, que se ofrecía, se ofrecía a nuestra
edad, a nuestros deseos. ¡Qué cuerpo tenía, hermano,
qué ondular de caderas! Toditita para nosotros, para
los dos que no queríamos ser el segundo. Al mismo
tiempo tu sexo y el mío queríamos penetrarla. Era
deliciosa. Alguien tuvo que llegar primero, no
recuerdo quién, sólo sé que ella gritó que era virgen,
que era nuestra, los primeros hombres de su vida. Los
tres, tú, ella, yo, hasta el fondo de la inconciencia,
ebrios, con el deseo a flor de piel y la chica asida
a nuestros cuerpos, esperando aún más de nosotros,
adolescentes ávidos al margen de toda racionalidad.
Después que el director habló con nuestros padres me
obligaron a preparar mis maletas. Ellos no perdonan

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