Catálogo Exposición de Francisco Mateos GalerÃa Orfila.pdf

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experimentado una importante evolución, lejos ya de cualquier impregnación
naturalista, como aún tenía en su época republicana, iniciando el tipo de dibujo
incisivamente gestual y su pintura gritadora en el color tan característicos de su
lenguaje, para espanto de críticos conservadores de estos años, por más que
bien preparados e intencionados, como Camón Aznar. El fácil parangón con las
máscaras y la carne muerta de Solana, efectiva y asimismo bienintencionada
operación de parte de otro sector de la crítica tradicionalista cara a ese proceso
de digestión del arte de Mateos, se toparía en los primeros instantes con la otra
critica, más moderna y cosmopolita, como la que hace el belga J. V. L. Brans,
reivindicando por primera vez a Mateos como un entero pintor expresionista en
el texto del catálogo de su individual, en 1950, en la galería Buchholz, esta sala
sí, dirigida por Azcoaga, claramente abierta a las nuevas corrientes estéticas
que despuntaban entonces (aquí expuso Picasso por primera vez en Madrid),
además de exponer frecuentemente en ella artistas alemanes (como su antiguo
maestro, Willi Geiger), y en la que Mateos realizará, hasta 1955, otras tres
exposiciones individuales. El mismo año de 1950, Sebastiá Gasch le presenta
en Galerías Layetanas (parejo y espléndido local en Barcelona, dirigido en ese
momento por Antonio Gaya Nuño), que coincide en el mismo análisis, al
referirse a su expresionismo evolucionado, universalista. Pero, más aún, su
siempre respetada pluma y juicio estético, contribuirá a apuntalar, sumado el
apoyo de Azcoaga, la reaparición de la figura de Mateos, tras prácticamente
una década de silencio y exilio interior.
Los todavía oscuros 50.
Se inicia un período de prueba para Mateos, de lucha por hacerse un hueco en
el nuevo arte español, al que concurren pintores habitualmente más jóvenes
que él, pero con trayectorias más consolidadas que la suya; hasta cierto punto,
era como si empezara de cero, visto que lo realizado antes de 1939 no contaba
o incluso era mejor dejarlo en el olvido. No vende apenas. Se presenta a las
Exposiciones Nacionales, pero no consigue ni el más ínfimo de los galardones.
Sus relaciones con el aparato artístico oficial son difíciles a causa de su pasado
político; además, su pintura no encaja con esa modernidad atenuada, que es el
máximo que marcan sus directrices en ese momento. Es seleccionado para
participar en las tres Bienales Hispanoamericanas, pero con el mismo resultado
que en otros certámenes oficiales; jamás obtendrá ningún premio (con alguna
muy especial excepción que se verá más adelante). No es extraño, pues, que
en cuanto, por fin, puede conseguir el pasaporte, en 1952, marche a París con
la intención clara de establecerse, en lo que podría considerarse un autoexilio,
aunque es cierto también, que París empezaba a convertirse en meta obligada
entre los artistas españoles, sobre todo -por la misma razón que Mateos - para
aquellos más renovadores. Al final, entre idas y venidas a España, además de
un viaje a Italia, prolonga allí su estancia durante tres años, realizando una
exposición individual, el mismo año de su llegada, en la galería Pascaud et
Raymond Suillerot, en la que el Museo Nacional de Arte Moderno le adquiere
un cuadro, por mediación de su director, Jean Cassou. Interrumpidas, en gran
parte, sus relaciones con los miembros de la Escuela de París, sólo coincide
con ellos en alguna rara colectiva, como Exposition des Artistas Espagnols.
Homage à Antonio Machado, en 1955, en Maison de la Pensée Française,
