Catálogo Exposición de Francisco Mateos GalerÃa Orfila.pdf

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el despiste ideológico que la siguió, además del ascendiente que sobre él tenía
el director de La Gaceta, Ernesto Giménez Caballero, pueden dar la clave de la
chocante aparición de sus caricaturas en los cuatro primeros números del
semanario fascista La Conquista del Estado; su “hora tonta”, como explicó, una
vez proclamada inmediatamente la República, en las páginas de La Tierra; un
diario afín al anarcosindicalismo en que colaboraban republicanos federales e
intelectuales radicales como Ángel Samblancat, Balbontín, Hildegart o Ricardo
Baroja, entre otros, y de cuya redacción formó parte hasta finales del año 1934.
Mateos desarrolla aquí una intensa actividad periodística: escribe artículos de
opinión y recorre España como corresponsal, dando testimonio de la inicua
represión de rebeliones campesinas como las de Arnedo, Villa de Don Fadrique
(sobre la que escribe un libro (2)) y otras que preludian la de la de Casas Viejas.
Publica también críticas de arte, en las que sirve de apoyo y testigo a la nueva
generación de artistas que despunta en los años republicanos y de la cual él
mismo forma parte, además de caricaturas, una serie de dibujos que ilustraban
la campaña del diario denunciando la explotación de la prostitución en Madrid,
(donde inaugura una libérrima vena grotesca, a veces grosziana, anuncio ya
del peculiar expresionismo que caracteriza su madurez artística), junto con sus
grabados de aquel período, dentro del neopopularismo irónico y desgarrado del
que ya se hizo mención, y que sirvieron de indirecta ilustración a sus artículos,
asimismo literarios, denunciando la represión de la revolución de Octubre en
Asturias y que así, ocultos bajo tales mimbres, pudieron sortear la censura.
Durante unos meses es el caricaturista de El Sol -hasta el retorno de Bagaría al
que siempre fue su diario, a principios de 1934 -, y publica algún texto literario
en Hoja Literaria, donde traba amistad con el entonces jovencísimo, y en el
futuro reconocido crítico de arte, Enrique Azcoaga.
Los años de la República son los de la consolidación de Mateos como pintor,
cuando se vincula a esa nueva generación de artistas -con todo, más jóvenes
que él - que aparece en torno al año 1930, aglutinados en grupos de estética
avanzada que, tanto cuestionaban el retardatario y burocratizado panorama
artístico oficial (Manifiesto de la Agrupación Gremial de Artistas Plásticos, de
1931), como organizaban al margen del mismo muestras colectivas de no poca
repercusión (Salones de Artistas Independientes, de El Heraldo, Exposiciones
de la Federación de las Artes), que contarían con la participación de Mateos.
Estos años son también los de la cristalización de su imaginario personal, por
más que de fundamental inspiración colectiva, al ser reflejo de las esperanzas y
cambios que experimentaba en ese momento el país, con los que Mateos se
sentía involucrado y que alientan su pintura de aspiración popular, no en vano
satírica, aunque es sobre todo un irónico candor el que ahuyenta en ella toda
fatuidad. Así, el neopopularismo de este período -y es preciso recordar su
parangón literario, en algunos autores de la Generación del 27 -, en sendas
exposiciones individuales en el Ateneo de Madrid y el Museo de Arte Moderno,
en 1932, se concatena con un arte de vocación civil que se plantea, por un
lado, el proyecto de una pintura mural, tal fue su segunda individual, en 1935,
en el Museo de Arte Moderno, y de otro, el año anterior, presentado también
por Benjamín Jarnés (3), en la Agrupación Castro Gil, donde apuesta por el
grabado -los medios de reproducción técnica -, para llegar a ese destinatario
colectivo, la verdadera universalidad de la pintura, que se propuso, desde sus
inicios, como principal objetivo de su creación.
