Catálogo Exposición de Francisco Mateos GalerÃa Orfila.pdf

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Puede que esta postura estética, cuando renegaba de la pintura y sólo quería
hacer un arte accesible para todos, dedicándose en exclusiva al grabado y a la
caricatura, fuera la causa -en unión, quizás, a la intermitencia de sus viajes - de
que no llegara a participar en la Exposición de Artistas Ibéricos de 1925, junto
con sus compañeros de tertulia y generación (en especial Alberto y Barradas),
aunque ahora sí lo hará en las exposiciones de la reorganizada SAI, en San
Sebastián y en París, los años 1931 y 1936, respectivamente, visto que era ya
un pintor reconocido. Más relevancia tendrá, no obstante, su integración en el
Grupo de Artistas de Arte Constructivo, ensamblado por Joaquín Torres García
durante su estancia en Madrid, al ser un selecto conjunto de artistas -y no una
muestra ecléctica como aquellas - los que forman parte de su única exposición,
el año 1933, aunque, en puridad, ninguno fuera “constructivo”, pues es cierta
connotación ético-estética de este adjetivo y, sobre todo, como señaló el crítico
Guillermo de Torre, esa “vuelta al instinto” a la libertad de inspiración propia del
arte postcubista, lo que unió a miembros de la Escuela de Vallecas y aledaños
(Alberto, Benjamín Palencia, Maruja Mallo…) con otros más jóvenes de aquella
generación de los 30, como Antonio Rodríguez Luna. Entre ellos, será este
último el más afín, durante aquellos años, a la estética de Mateos; así fueron,
primero, los temas populares y campesinos compartidos por ambos, de dicción
formalmente renovadora y posición socialmente comprometida, hallando,
seguidamente, su nuevo paralelo en el barroquismo grotesco y desosegado de
su arte militante, con el que el pintor cordobés y Mateos denuncian la ignominia
y brutalidades de la Guerra Civil.
Estallada ésta, ese conceptismo barroco, aunque de esencial vena satírica, es
bien palpable en las dos series de grabados que Mateos elabora en el taller de
Altavoz del Frente, en 1937: El Sitio de Madrid y ¡Salamanca!, con los que
participa ese mismo año, junto con dos óleos, en el Pabellón Español de la
Exposición Internacional de París. Participa, asimismo, en la organización de
exposiciones colectivas de arte español en Oslo, Copenhague y Estocolmo,
además de estar presente en otras celebradas en Barcelona y Madrid. Su obra
también es reproducida en los libros Los dibujantes en la guerra de España
(Rodríguez Luna, Ramón Puyol, Souto, Miguel Prieto y Eduardo Vicente) y
Madrid: Álbum de homenaje a la gloriosa capital de España: Solana, Victorio
Macho, Bardasano y Climent, entre otros, además de los citados anteriormente.
Colabora en El Mono Azul y realiza, casi al final de la guerra, una exposición
conjunta con el escultor Díaz Yepes en la Alianza de Intelectuales Antifascistas,
presentado por Santiago Ontañón (4), que ensalza la carga y profundidad de
sus dibujos satíricos como el modelo que mejor puede expresar, partiendo de
la lección de Goya, el drama de España en esos momentos y cuya verdadera
eficacia propagandística pone por encima de la baja calidad de los carteles
que, salvo contadas excepciones, inundaban entonces las paredes de pueblos
y ciudades de todo el país. Esta, relativa, soledad artística se incrementará una
vez finalizada la guerra, cuando marchen al exilio gran parte de los que hasta
entonces habían sido sus compañeros de avatares estéticos. Es por esto que,
en las décadas que siguen, se convierte en una suerte de referente secreto,
aunque bien conocido, un testigo que posibilita el enlace con unos años
prodigiosos de nuestra cultura, unos modos y aires que están presentes aún o
se prolongan en la pintura de Mateos para todos los que trataban de iniciar su
reconstrucción bajo las cenizas de la guerra y la opresión de la Dictadura.
