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INTRODUCCIÓN

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esforzaba por sacar el primer curso de Filosofía y letras. (…) Hablaba con
desenfado juvenil del saber, pero sobre todo hablaba de poemas, como los
que formaban un librito suyo, mecanografiado en cuartillas, que había
titulado Esa locura del mar”8.
Sobre su decisión de estudiar filosofía, conserva este recuerdo: “Cuando
yo me disponía a comenzar los estudios universitarios, mi buen padre me
preguntó qué quería estudiar. Al responder categóricamente que filosofía,
él me dijo —y tenía sus buenas y cariñosas razones para hacerlo—: pero,
hijo mío, ¿y de qué vas a vivir? No recuerdo exactamente lo que entonces
contesté: quizá que intentaría obtener una cátedra, o una cosa así. No podía
prever los caminos por los que la Providencia me iba a conducir, y en los
que no ha resultado nada inútil la filosofía. Luego, bastantes años más
tarde, evocando esta anécdota de mi vida, he pensado que, más importante
que saber «de qué» va uno a vivir (y ciertamente es importante aunque no
sea muy propio de los años juveniles), importa mucho más saber «para
qué» va uno a vivir. Y la filosofía, bien conducida, ayuda a esto último. O
debería hacerlo”9.
En 1954 se traslada a Roma, donde consigue la licenciatura eclesiástica
en filosofía en la Facultad de Filosofía del Pontificio Ateneo de Santo
Tomás in Urbe. Su doctorado eclesiástico en filosofía lo obtiene en el
Pontificio Ateneo Lateranense, con la tesis Estudios balmesianos de espaciotemporalidad, en 1956.
Recibe la ordenación sacerdotal en Roma en 1957, y comienza su trabajo
académico, impartiendo lecciones de filosofía en el Colegio Romano de la
Santa Cruz. A esta labor de enseñanza se añadían su actividad sacerdotal, y
—sobre todo a partir de 1961—la responsabilidad de trabajar colaborando
con San Josemaría Escrivá10. En 1966 publica La metafísica del bien común11,
8

PUJOL, C., Prólogo de Tiempo interior, cit., p.7

9

C. CARDONA, Para qué sirve la filosofía, en J. CARDONA, El síndrome de soledad,
Susaeta, Madrid 1990, p. 5

10

Cfr. M. PORTA, La metafisica sapienziale di Carlos Cardona, cit., p. 15