alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf


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olvidado, restricto, no soportará su desventura y Dios llamará a sí su alma en el tiempo
prefijado, esto es, pronto.
––Desterraré al rey destronado, ––repuso con voz nerviosa Felipe; ––será más humano.
––Vos resolveréis, monseñor, ––dijo Aramis. ––Ahora decidme, ¿he planteado claramente el problema? ¿lo he resuelto conforme a los deseos o a las previsiones de Vuestra
Alteza Real?
––Excepto dos cosas, nada habéis olvidado.
––¿La primera?
––Hablemos de ella sin tardanza y con la misma franqueza que ha informado hasta ahora nuestra conversación, hablemos de las causas que pueden echar por tierra las esperanzas que hemos concebido; de los peligros que corremos.
––Estos serían inmensos, infinitos, espantosos, insuperables, si, como os he manifestado, no concurriese todo a anularlos en absoluto. Ni vos ni yo corremos peligro alguno si
la constancia y la intrepidez de vuestra Alteza Real corren parejas con el milagroso parecido que la naturaleza os ha dado con el rey. Repito, pues, que no hay peligro alguno, pero sí obstáculos, por más que este vocablo común a todos los idiomas, tenga para mí un
significado tan obscuro, que de ser yo rey lo haría suprimir por absurdo e inútil.
––Pues hay un obstáculo gravísimo, un peligro insuperable que vos olvidáis, ––replicó
el príncipe.
––¿Cuál?
––La conciencia que grita, el remordimiento que desgarra.
––Es verdad, ––dijo Herblay; ––hay tal encogimiento de ánimo, vos me lo recordáis.
Tenéis razón, es un obstáculo poderosísimo. El caballo que tiene miedo a la zanja, cae en
ella y se mata; el hombre que cruza su acero temblando, deja a la espada enemiga huecos
por los cuales pasa la muerte. Es verdad, es verdad.
––¿Tenéis hermanos? ––preguntó el joven.
––Estoy solo en el mundo, ––respondió Aramis con voz nerviosa y estridente como el
amartillar de una pistola.
––Pero a lo menos amáis a alguien, ––repuso Felipe. ––¡A nadie! Pero digo mal, monseñor, os amo a vos.
––El joven se abismó en un silencio tan profundo, que para el obispo se convirtió en
ruido insufrible el que producía su aliento.
––Monseñor, ––continuó Aramis, ––todavía no he manifestado a Vuestra Alteza Real
cuanto tenía que manifestarle; todavía no he ofrecido a mi príncipe todo el caudal de saludables consejos y de útiles expedientes que para él he acumulado. No se trata de hacer
brillar un rayo a los ojos del que se complace en la obscuridad; no de hacer retumbar las
magnificencias del cañón en los oídos del hombre pacífico que se recrea en el sosiego y
en la vista de los campos. No, monseñor; en mi mente tengo preparada vuestra dicha, mis
labios van a verterla, tomadla cuidadosamente para vos, que tanto habéis amado el firmamento, los verdes prados y el aire puro. Conozco una tierra de delicias, un paraíso ignorado, un rincón del mundo en el que solo, libre, desconocido, entre bosques, flores y
aguas bullidoras, olvidaréis todas las miserias de que la locura humana, tentadora de
Dios, os ha hablado hace poco. Escuchadme, príncipe mío, y atended, que no me burlo.
Mi alma me tengo, monseñor, y leo en las profundidades de la vuestra. No os tomaré incompleto para arrojaros en el crisol de mi voluntad, de mi capricho, o de mi ambición. O
todo o nada. Estáis atropellado, enfermo, casi muerto por el exceso de aire que habéis