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Toco y me quedo
A priori, comparado con la visión o el olfato, el tacto no parece tan importante. Sin embargo, para un bebé es la diferencia entre la vida y
la muerte. El contacto humano juega un rol fundamental en el desarrollo. Según James Prescott, experto en desarrollo, la forma más rápida
de inducir depresión y enajenamiento en un chico es no tocarlo ni agarrarlo o nunca cargarlo. Prescott sugiere que las sociedades con alta
violencia surgen por un insuficiente lazo o unión entre la madre y el hijo a través del tacto. Durante el siglo XIII, el emperador Federico II
del Imperio Romano, en busca del lenguaje original de la humanidad, ordenó que un grupo de recién nacidos fuera educado en ausencia de
lenguaje; además, las enfermeras que los alimentaban no podían tocarlos. Todos los bebés murieron antes de que pudiesen hablar.
El tacto se desarrolla antes que los demás sentidos, en el útero de la madre. El reflejo de los bebés de mover sus cabezas cuando su mejilla
o cara es tocada los ayuda a encontrar el pezón en tiempo de lactancia. Podríamos decir que el tacto está directamente relacionado con los
primeros estadíos de inteligencia. Cada sentido tiene un órgano, pero en el tacto el órgano somos nosotros. Es entonces el más necesitado e
integral para nuestra supervivencia y evolución. La piel nos separa de todo lo demás, nos da forma, nos protege de invasores, nos enfría o
calienta, produce vitamina D, sostiene nuestros fluidos, se repara todo el tiempo y, además, es el órgano más grande. Los receptores del
tacto, que captan presión, temperatura, dolor, vibraciones, etcétera, están distribuidos de manera irregular a lo largo de toda la piel. Es decir
que cada parte de nuestro cuerpo varía en
sensibilidad al tacto y estímulo doloroso de acuerdo con la cantidad de receptores y su
distribución en la piel. Por ejemplo, labios versus codos. Los dedos y la lengua son mucho más sensibles que la espalda y, por esto, uno
obtiene más información al tocar una superficie con el dedo y al dar un beso se genera una multitud de fuegos artificiales neuronales. En
promedio, cada centímetro cuadrado de piel tiene alrededor de doscientos receptores de dolor, quince de presión, seis para el frío y uno para
el calor. En nuestra supervivencia está clara la necesidad e importancia de captar bien el dolor. Este produce una respuesta inmediata.
Muchos de estos receptores se dedican no sólo a descubrir sino también a evitar el dolor. En 1990 se llevó a cabo un estudio de mapeo
cerebral con ciegos que leían Braille. Éstos no sólo sentían las letras elevadas activando redes táctiles del cerebro, sino que además se
reclutaban neuronas del córtex visual, ayudaban a descifrar las formas de las letras que sobresalían de las páginas.
Es curioso que, aunque seas la persona con más cosquillas del mundo, resulte imposible hacerte cosquillas a vos mismo. Esto es
así porque el cerebro controla los movimientos y se anticipa al resultado. Vos sabés dónde vas a poner tus dedos para hacerte
cosquillas y sabés cómo se va a sentir. El cerebelo, una parte del cerebro, es el encargado de distinguir tus dedos de los de otro,
del que no puede predecir sus acciones, lo que lleva a la sensación de cosquillas.
En situaciones sociales como fiestas o cenas los franceses pueden tocarse entre ellos unas doscientas veces en media hora; los
americanos, unas cuatrocientas. No hay experiencias con argentinos pero me animaría a decir que podríamos batir el récord o, más bien,
estar detrás de los brasileños. Finalmente, si no se sintiese bien el tacto, no tendríamos relaciones ni hijos. Desapareceríamos como especie.
No por nada el sexo es el placer más grande relacionado con el tacto. Un gran diseño de la naturaleza fue hacer de nuestro objetivo como
especie nuestro mayor placer.
Es “el ojo de mi mente”, le decía Hamlet a Horatio en la famosa obra de Shakespeare. En 2011, científicos de California dirigidos por
Antonio Damasio —uno de los hombres que más ha aportado a la comprensión del cerebro— descubrieron que, cuando uno mira un objeto,
el cerebro no sólo recuerda cómo luce sino también cómo se siente al tocarlo. Podríamos llamarlo “el tacto de la mente”. Las evidencias son
tan abrumadoras que al examinar los datos provenientes de la parte del cerebro que procesa el tacto se puede predecir cuál es el objeto que
uno está viendo. En el mismo estudio se les pedía a los participantes, conectados a un poderoso resonador magnético nuclear, que
imaginaran la diferencia entre acariciar el pelaje tibio de un gatito y una barra fría de metal. Los participantes decían poder “sentir” la
diferencia al imaginarlo y, en concomitancia con sus declaraciones, el área del cerebro iluminada cuando esto sucedía era la misma que
cuando realmente tocaban algo. El cerebro capta y guarda sensaciones físicas mediante el tacto y luego las puede “re-sentir” con el solo
hecho de volver a ver una imagen visual o imaginárselo.
DESA FÍOS PA RA DESA RROLLA R Y JUGA R EN EL DÍA A DÍA
CON NUESTROS CINCO SENTIDOS
Tratá de vestirte o lavarte el pelo y los dientes con los ojos cerrados. Al compartir una cena con alguien, comunicate sólo con la
mirada sin hablar. Escuchá música al oler flores. Escuchá la lluvia mientras golpeás con los dedos al ritmo de las gotas que caen.
Mirá las nubes mientras hacés moldes con plastilina. Andá al trabajo o la escuela por caminos distintos durante toda una semana.
