Agil Mente Estanislao Bachrach.pdf

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Impasse personal
En 2004 me encontraba en la Escuela de Medicina de Harvard estudiando la distrofia muscular de Duchenne, una terrible enfermedad
genética del músculo. Ya hacía dos años que había llegado a Boston proveniente de Francia, donde había terminado mi doctorado y me
encontraba en una encrucijada. Había recolectado muchos resultados en dos años de trabajo pero no lograba analizarlos para poder seguir
adelante con mi investigación. Estaba en un gran impasse y por demás ansioso. A pesar de mis conocimientos del músculo, la biología
molecular y la bioquímica de la enfermedad no podía entender los resultados que yo mismo había obtenido con mis experimentos. Fue
entonces que, paralizado, decidí hacer lo que uno por lo general hace cuando tiene problemas en su trabajo: consultar a una persona que
sabe más; en este caso, mi jefe, el doctor Louis Kunkel. Lou, como le decíamos, me abrió las puertas de su oficina. Allí le mostré durante
casi tres horas mis resultados, un montón de datos e información. Lou fue quien descubrió en 1988 por qué se desarrolla esta enfermedad
en los niños, una eminencia en el tema y posible candidato al Premio Nobel por este descubrimiento. Lou era —y es— quizá la persona que
más podía ayudarme. Se pasó esas horas conmigo mirando con mucho empeño e intención todos mis resultados, y me dijo algo
sorprendente:
—Mirá, Estani, la verdad es que yo tampoco sé qué hacer con esto que me mostrás. Hay un montón de cosas que no entiendo y no
puedo decirte cómo continuar, hay algo que no me cierra pero no logro descubrirlo. Hay algo que no puedo ver. —Decepcionado por sus
palabras, no pasaron ni treinta segundos cuando continuó con lo siguiente—: ¿Por qué no le consultás todas estas cosas a los janitors?
Los janitors son las personas que limpian los edificios, las universidades, los hospitales y las escuelas en Estados Unidos, cuando
empiezan a irse los empleados. Llegan como un ejército con baldes, escobas, enceradoras y aspiradoras, y durante la noche dejan el lugar a
la perfección para que a la mañana podamos, en este caso, los investigadores y sus equipos, volver a trabajar de la mejor manera posible.
—Lou, pero no entiendo. ¿Cómo les voy a explicar a estas personas que no saben estos temas, que no han estudiado, algo tan complejo
como lo que estamos haciendo acá en el laboratorio? —le digo entonces.
Y él, con una media sonrisa, me preguntó:
—¿Acaso ellos no hablan español como vos? ¿No es el español tu lengua materna?
—Sí, sí, es verdad. En su gran mayoría son inmigrantes de Guatemala, de Honduras, de El Salvador y hablan perfecto español, como yo
—le respondí.
—Bueno, explicales en tu lengua, de la manera más sencilla posible, y confío en que lo vas a hacer bien, cuáles son estas encrucijadas,
estas problemáticas que tenés frente a tus resultados que no te permiten avanzar, y haceme caso. Vos me viniste a consultar como tu jefe,
hacelo y después hablamos —me dijo Lou.
Me fui un poco angustiado y sin entender este consejo. Hacía ya doce años que estaba trabajando en biología molecular y que estudiaba y
estudiaba cada vez con más profundidad estos temas. Ahora tenía que enfrentarme, por primera vez, con un público absolutamente
diferente, con una perspectiva distinta por completo, y no sabía bien cómo hacerlo. Estaba acostumbrado a dar clases a biólogos, a
médicos, en ocasiones a empresarios, en Francia o en Estados Unidos o en mis escapadas a la Argentina.
Tenía ciertos prejuicios, lo voy a reconocer, frente a esta tarea que me encomendaba mi jefe. Pero me pareció también divertida y un gran
desafío para mí. Mis colegas investigadores latinos me alentaron y quisieron participar mostrando también sus trabajos. Empecé a quedarme
tarde en el trabajo para poder charlar con los janitors y arreglar un encuentro en el anfiteatro del Hospital de Niños de Boston, un lugar
increíble por donde han pasado Premios Nobel y han hablado personas muy famosas y exitosas. Hacía cuatro semestres que había sido
elegido en forma consecutiva como el mejor docente del Departamento de Ciencias Biológicas de Harvard; sin embargo, esa noche mis
nervios eran casi incontrolables. Además tenía que hablar en español algo que, desde años atrás, sólo hacía en inglés. Era todo un desafío.
A las tres de la mañana del día D, los janitors tomaron su recreo y nos encontramos todos en el auditorio. Eran unas veinticinco personas
que, de manera muy emocionante, iban sentándose en la sala que conocían por limpiarla cada noche, pero donde muchos nunca se habían
sentado, dejando las escobas y todo su material de trabajo en la parte de atrás del anfiteatro. Comenzó la función. Traté de explicar, de la
forma más sencilla posible y con palabras no técnicas, qué me estaba pasando, por qué los había citado. Utilicé una presentación de
PowerPoint: figuras, fotos y diagramas. Mostraba básicamente los resultados que había obtenido en esos dos años. Al principio hubo un
silencio muy respetuoso, hasta que algunos empezaron a romper el hielo y a hacerme preguntas en su mayoría muy sencillas pero bien
interesantes, como para saber qué era lo que estaba haciendo. Sentí también algunas miradas de orgullo hacia mí. Tuve la sensación de ser
más latino que argentino, me sentía cerca y lejos de ellos al mismo tiempo. Hasta que llegó un momento en que una señora, que recuerdo
