Agil Mente Estanislao Bachrach.pdf


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Luz, cámara, acción… ¡córtex!

Pensá a la mañana.
Actuá al mediodía.

Comé a la tarde.
Dormí a la noche.

WILLIAM BLAKE

Durante nuestra evolución —como ya vimos— logramos quedarnos en el planeta porque nos volvimos más inteligentes. Esto fue gracias
al córtex. Más inteligencia significó un córtex cada vez más grande o, al menos, con mayor cantidad de conexiones. Es decir, el córtex
empezó a crecer durante nuestra evolución, convirtiéndonos en personas más inteligentes. Incluso las cabezas crecieron para poder llevarlo;
recordemos que, si no se hubiese plegado hacia adentro, el córtex tendría hoy el tamaño de una mantita de bebé. Imagínense el tamaño de
una cabeza respondiendo a esas dimensiones, hubiese necesitado caderas anchísimas de mujeres para poder atravesar el canal de parto con
éxito. Sin pensar siquiera en que mujeres con esas caderas jamás hubieran podido correr para escapar de los peligros de aquella época
africana. Por lo tanto, la sabia selección natural encontró un compromiso anatómico para resolver este problema. La solución de ese
compromiso evolutivo: cabezas más chicas para que pasen a través del canal con cerebros más grandes pero plegados hacia adentro. Tal
como es el cerebro que tenemos y conocemos hoy.
En ese momento evolutivo también se inventó la niñez. Los bebés humanos debemos terminar el programa de desarrollo fuera del vientre
materno. Recién nacidos somos criaturas vulnerables para los predadores y no podemos reproducirnos por más de una década.
Nacemos con la cabeza pequeña para que pueda pasar por la pelvis de mamá, pero mucho antes de que podamos enfrentar el mundo
solos y de manera independiente. Nuestros tataratataratatarabuelos requerían de sus mamás al menos por un tiempo y las madres
necesitaban de los padres para proveer comida. Todos requieren de cooperación y trabajo en grupo para operar en estructuras sociales
complicadas que los apoyen. Estas estructuras sociales contribuyeron a que el cerebro siguiera creciendo en complejidad y tamaño,
desarrollando la empatía, la decepción, el altruismo y construyendo coaliciones. Nuestro nuevo cerebro nos separa de todo el resto de los
animales de la Tierra y nos da unas capacidades extraordinarias, como el pensamiento lineal, el desarrollo del lenguaje complejo, la habilidad
de comprender símbolos y metáforas, desarrollar y comprender estrategias matemáticas, de comunicar con gracia y propósito. Se
desarrollan las tradiciones, los conceptos, las ideas, los patrones, el folklore y las costumbres empiezan a pasarse por generaciones.
Eventualmente, pequeños grupos empiezan a migrar, explorar y readaptarse.
Durante esta época de extrema vulnerabilidad, además, los bebés están listos para aprender lo que sea pero sin poder hacer mucho. No
sólo se crea el concepto de aprendizaje sino también el de maestro. Es de nuestro interés como especie enseñar lo mejor posible, ya que
nuestra supervivencia depende de qué tan bien vayamos a educar y proteger a nuestros pequeños. Pero de nada sirve criar chicos si
nosotros, los adultos, somos devorados rápidamente por nuestros vecinos los leopardos. En este momento evolutivo se desarrolla la última
parte del córtex, el córtex prefrontal (ubicado debajo de la frente). Esta región nos permitió movimientos finos de las manos para crear
lanzas puntiagudas más eficientes y sociabilizar con los miembros del clan para entender que no hace falta doblar la masa muscular para
vencer a un mamut o un leopardo sino que podemos obtener el mismo resultado al trabajar en grupo. Vamos a iniciar nuestro dominio del
mundo, estableciendo acuerdos de cooperación entre nosotros. Nace el concepto de trabajo en equipo. Las reglas del juego van a cambiar.
Aprendemos a cooperar, lo que significa compartir objetivos comunes que tengan en cuenta nuestros intereses y los de nuestros aliados.
Para esto debemos entender qué motiva a los otros, incluyendo sus sistemas de recompensa y castigo.
Gracias al córtex prefrontal, mejoramos como cazadores y hoy seguimos aquí. Esta zona nueva del cerebro hoy produce sumo interés
porque es la que más usamos en nuestro trabajo diario. Se trata del lugar central del cerebro que nos permite “pensar” las cosas, donde se
conectan todas las interacciones conscientes que tenemos con el mundo. Lo usamos cada vez que generamos pensamientos, algunos lo
llaman la memoria de trabajo ( working memory). Esta región es una de las que más consume energía, ya que se ocupa de comprender,
decidir, memorizar, recordar e inhibir ciertos pensamientos para poder trabajar o realizar algo que requiere de nuestra atención y conciencia
en un ciento por ciento. Imaginen al cerebro conteniendo un tanque de la nafta necesaria para cumplir todas sus funciones (en realidad, es