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La aplicación doctrinal de la OTAN tuvo efectos inmediatos. Se redujo rápida y progresivamente el número de tropas. Se modificó la
estructura de los órganos de mando (desaparición entre otras de la Capitanía de la Región Militar 9 en Granada, 1984). Y
finalmente se concentró la mayoría de efectivos castrenses en el área más próxima a la zona de riesgo (Sur y Este peninsular,
Canarias, Ceuta y Melilla).
Sin embargo, la extensión geográfica de Andalucía fue determinante para esa metamorfosis. Esta comunidad autonómica iba a
convertirse en la punta de lanza de la proyección estratégica atlantista y española. A fines de la década de los noventa, esa
redistribución territorial estaba muy avanzada tanto en efectivos terrestres como en los navales, pues las principales y más
modernas unidades de superficie de la Armada pasaron a tener base en el sur; mientras los submarinos permanecían dentro del
teatro operativo del Mediterráneo.
Uno de los hitos más palmario de esta redistribución es la creación en Sevilla del Cuartel General de la Fuerza Terrestre (2006).
Dicha jefatura la asume un teniente general y adquiere nivel de Cuerpo de Ejército (mando sobre un rango superior a 30.000
hombres), varias de cuyas brigadas y regimientos operativos no se ubican físicamente en Andalucía.
Idéntica metamorfosis se produce en el ámbito de la Armada, al radicarse en Rota (Cádiz) la Jefatura de la Flota (mando supremo
de los navíos y unidades de combates navales o aéreas), construyéndose un nuevo edificio para el Almirante Jefe de la Flota y su
estado mayor, actualmente al mando de los dos grupos de acción naval españoles.
Al comenzar el siglo XXI, Andalucía concentraba ya a los dos principales cuarteles generales operativos de las fuerzas de Tierra y
Marina españolas, pero ese no fue el final de la suma. En Rota acabó radicado también uno de los acuartelamientos esenciales de la
OTAN, el Cuartel General Marítimo de Alta Disponibilidad, que además de sus dependencias propias y un estado mayor
multinacional, dispone de un buque de mando específico. Más recientemente, se trasladó de Madrid a San Fernando (Cádiz) la
Comandancia General de la Infantería de Marina, que rige a una fuerza de élite de 5.000 infantes con constante presencia en
misiones internacionales desde hace dos décadas.
Esa transformación física se acompaña de un amplio incremento en la formación profesional e intelectual de los militares
españoles. Cualquier periodista que visitara un acuartelamiento en 1982, descubría pronto la grave carencia idiomática (en la OTAN
el idioma de trabajo es el inglés) de jefes y oficiales, lo que les incapacitaba para asumir el mando en misiones conjuntas, pese a su
cualificación. Hoy día, la situación es diametralmente opuesta. Los oficiales generales, oficiales y suboficiales de cualquiera de las
tres armas suelen expresarse en inglés y algunos con tal fluidez que parecen bilingües. Y al menos un cincuenta por ciento de la
tropa y marinería profesional lo hace también sin problemas. De otra parte, raro es el trimestre que un militar español no asume
mandos de alta responsabilidad en misiones u organismos extranjeros.
Y aquí es donde entra en juego la segunda acepción de la síntesis de lo fofo a lo vacío. La culminación de este despliegue en
Andalucía encaja con una transformación doctrinal de la OTAN, que ha ido progresivamente abandonando los postulados FOFA
para asumir la doctrina estratégica del campo de batalla vacío. Enunciada por sir Basil Liddell Hart bajo el axioma de la
aproximación indirecta, esta última propugna “progresar por las zonas de mínima resistencia, para provocar la dislocación física del
enemigo, evitando la guerra de desgaste”.