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Los colores de la identidad

ORO CELESTE

Xosé de Enríquez

4

“Con un respeto profundo / rindieron
admiración / a nuestra joven nación
/ las cinco partes del mundo. / Tengo
derecho un segundo / de sentirme una
lumbrera / y gritar de esta manera / sin
mentir, sin ilusiones / que honraron
nuestros campeones / toda la América
entera”. Con estos versos comenzaba “A
los campeones del mundo”, que el inolvidable poeta payador Juan Pedro López
escribiera en homenaje a los Olímpicos
de Colombes, en 1924. Todo el espectro
social y cultural, con raras excepciones,
se rendía a los pies de los formidables
“footballers”. De forma lenta pero persistente, el fútbol se iba convirtiendo en
una de nuestras señales identitarias más
fuertes. Hacía muchos años ya, que el
juego de los “ingleses locos” había saltado a los descampados montevideanos desde los barcos de la rubia Albion.
El “nuevo país”, la “flamante nación”, el
Uruguay del 900, dejaba atrás definitivamente su pasatiempo más popular,
las corridas de toros y el nuevo juego de
sport se extendía como mancha de aceite permeando todas las capas sociales.
Era el adiós irreversible a “lo español” y
la bienvenida glamorosa –y definitiva– a
“lo inglés”.
Hoy, en este presente, seguramente ya
no queden testigos presenciales de las
gestas deportivas protagonizadas por
los celestes, en 1924 y 1928; tal vez, algún
testigo todavía pueda referirse al Mundial de 1930, y algunos más, a la gloriosa
hazaña de Maracaná. Pero para el imaginario colectivo, aquellos triunfos inalcanzables están ligados a una construcción visual que nos remite a fotografías
en blanco y negro, a cuadros pintados

por diversos artistas, imágenes recreadas por un sinnúmero de caricaturistas,
o antiguos filmes en 16 mm., también en
blanco y negro, y en ocasiones “coloreados” de manera artesanal y con escaso
rigor histórico. ¿Será que los colores no
eran lo importante? ¿En la actualidad,
cómo imagina nuestra sociedad sus
triunfos deportivos, sus glorias pretéritas que proyectan enseñanzas, mitos,
reflexiones… y una gran carga emotiva?
¿En blanco y negro tal vez? ¿Qué representan los infinitos matices de grises?
¿Cómo recrear en nuestra memoria colectiva la retícula urgente de las amarillentas páginas de los diarios, aquella
infinidad de puntitos que daban vida a
la jugada, la corrida del wing, el desborde sobre la raya, o el momento preciso
en que la ball cruzaba la línea de cal?
¿Cuáles eran los colores reales de aquellas tardes de fiesta?
Si de imaginar o recrear el mundo taurino se trata -en nuestro medio, las corridas fueron más populares y tuvieron
más adeptos de lo que generalmente se
cree-, estamos bastante acostumbrados
a identificar al torero con su traje de luces, con escasas variaciones en el tiempo…, pero en ese “mundo español” era
todos contra el toro, y en el nuevo juego
traído por los ingleses cambiaba sustancialmente esa regla: era todos contra
todos. Aparecían los “clubs”, las parcialidades, las banderas y las camisetas, es
decir ¡los colores! El fútbol también era
la fiesta del colorido, y muy pronto, las
selecciones de los distintos países entraron en la liza luciendo asimismo sus
colores y banderas.