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Una vez terminado el conflicto bélico que asoló sobre todo a Europa,
la llamada por los historiadores I Guerra Mundial, los Juegos Olímpicos cobraron fuerza como sinónimo de paz. En la Olimpiada de París
en 1924 participaron 44 naciones, entre ellas algunas del Continente
Americano que lo hacían por primera vez.
En fútbol, por ejemplo, participaba la Selección Uruguaya y era todo
un caso; los aficionados y los periodistas querían ver cómo se jugaba
el fútbol en un continente diferente al europeo. Jamás habían visto el
balonpié latinoamericano y las expectativas eran muchas.
En su primer encuentro Uruguay tenía que enfrentar a Yugoslavia. Los
serbios decidieron mandar algunos espías a la práctica charrúa para
verificar la manera de jugar de los adversarios desconocidos.
El técnico uruguayo Ernesto Fígoli al darse cuenta de lo que estaba
sucediendo, mandó a sus jugadores a entrenar de una manera poco
ortodoxa. Los futbolistas fallaban los pases, repetidamente pegaban
al pasto en lugar de al balón, el esférico era enviado al cielo, nunca
a la portería; a propósito los jugadores chocaban unos con otros y se
tropezaban con el balón.
Los espías yugoslavos, entre los que se encontraban varios reporteros
de aquel país, informaron sonrientes: “Dan verdadera pena estos muchachitos que vinieron de tan lejos, serán presa fácil de los nuestros y
de cualquiera que se les ponga enfrente”.

El 26 de mayo de 1924 Uruguay saltó a la cancha para enfrentar a los
yugoslavos, quienes se sentían ganadores sin haber jugado. La sorpresa fue mayúscula. Aquellos “muchachitos” de un país desconocido
para los europeos, dieron una cátedra de fútbol. Con jugadas llenas de
garra, gambetas, pases precisos y un toque diferente, que los yugoslavos no conocían, Uruguay doblegó a los rivales ¡7-0!
Nadie lo podía creer. Pero los resultados siguieron a favor de los charrúas. Vencieron 3-0 a los Estados Unidos, 5-1 a Francia, 2-1 a Holanda y el 9 de junio, en la Gran Final, 3-0 a Suiza.
Esa tarde, tras ganar la Medalla de Oro, los jugadores tuvieron la ocurrencia de dar la vuelta al campo para agradecer los aplausos del
público que con frenesí los vitoreaba. Nacía así la vuelta olímpica.
Henri de Montherlant, dramaturgo francés que disfrutó cada encuentro uruguayo, escribió;
“Los mismos que semanas atrás pedían clemencia para los “muchachitos que no saben de fútbol”, ahora decían lo contrario: “¡Una revelación! He aquí el verdadero fútbol. Lo que nosotros conocíamos... lo
que nosotros jugábamos... no era, comparado con esto, más que un
pasatiempo de escolares”.

Fuente: Carlos Calderón , Periodista mexicano

ORO CELESTE

Banderín que llevó
la delegación
a los Juegos
Olímpicos de París.

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