Cosmopolitismo como ideal caprichoso.pdf


Vista previa del archivo PDF cosmopolitismo-como-ideal-caprichoso.pdf


Página 1 2 3 4 5 6

Vista previa de texto


parte del mundo pero nos aprovechamos de ideas e inventos de otros; siempre y cuando
hagamos esto, no podremos considerarnos nacionalistas en el sentido más estricto de la
palabra, lo nuestro ya no es lo mejor, necesitamos de los demás. Es más, no existe ningún
ser humano puro, ya que a lo largo de los años y en cualquier lugar, debido a invasiones y
demás circunstancias, humanos de muy diversa índole se han ido juntando.
Hace 2500 años aproximadamente, Atenas era la ciudad por excelencia de la
civilización occidental. La política estaba en su máximo esplendor, la ciencia se
desarrollaba de manera fructífera y cualquier tipo de arte también. La Ilustración Griega se
caracterizó por la búsqueda racional de respuestas, dejando de lado tanto mitos como
caprichosos dioses de un monte que se alzaba a más de 2000 metros de altitud. En lo
tocante a la política y a los derechos que correspondían a cada uno, después de un
período en el que se consideraba que los hombres que no eran griegos no tenían logos y
que por tanto no podían participar en la vida pública, algunos pensadores dieron un
vuelco revolucionario a la historia, muchos de ellos sofistas. Arístipo de Cirene, discípulo
de Sócrates y fundador de la escuela cirenaica, consideró que no podíamos ser educados
para mandar u obedecer, es decir, para ser esclavos o señores, y que tampoco debíamos
arraigarnos en la polis y que sí debíamos ser siempre extranjeros. Hipias, anterior en el
tiempo y sofista, afirmaba que la vida debía estar regida por leyes de la naturaleza y no de
la ciudad. Existía, para él, una ley Natural, inmutable e inalienable, superior a cualquier
ley humana y contingente. La anterior separa a los hombres, la ley Natural los une. Algo
más cerca a nuestros días, no demasiado, el cínico Diógenes de Sinope comenzaba a usar
la palabra “cosmopolita”. Él se autodenominaba ciudadano del mundo, no sentía una
inherente y fuerte conexión hacia ningún estado o ciudad, sino que consideraba que en
todos los lugares se podría estar bien, que de todas las comunidades podríamos sacar algo
de provecho. Este discípulo de Antístenes, basaba sus ideales en la universalidad, la
diferencia y el cambio constante al cual estamos expuestos todos los seres humanos. El
buen cosmopolita tomaba decisiones diferentes en momentos también diferentes,
ejerciendo el autodominio, sin influir negativamente en ninguno de sus congéneres,
independientemente de la sociedad en la que se encuentre. Se dice que Diógenes una vez
estaba observando una pila de cadáveres y Alejandro Magno le preguntó qué hacía, él le
respondió: “Estoy buscando los huesos de tu padre pero no puedo distinguirlos de los de un exclavo.”
Este tan interesante pensamiento fue recogido en el siglo III a.C. por la escuela estoica
fundada por Zenón de Citio. Los estudiosos pertenecientes a esta corriente afirmaban
que todos los seres humanos estaban impregnados de un logos universal que nos hacía ser
2