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Perdido y con rumbo, cumplía con sus obligaciones y pagaba sus facturas.
Pagaba también sus vicios de noche y fin de semana, buscando cada vez más y cada vez
más cerca de unos límites que en realidad no existen. Y entonces sucedió, una noche
como cualquier otra, en su apartamento, puesto de todo y consciente a la vez, en
compañía de otra alma a la deriva en cuerpo de prostituta callejera atrapada por las
drogas y quien sabe por quien más, practicando un sexo agresivo y animal, degradante
para ambos, cuando casi al final de una mamada de dientes sucios y saliva infectada,
Gabriel tocó un enorme herpes que recorría la espalda de la desdichada, con grandes
relieves en forma de granos y eyaculó. Pero la sensación del tacto le arruinó el clímax, y
esto le enfureció. La rabia roja y el lodo oscuro se apoderaron de él, o más bien él se
convirtió en ellos, golpeando a la mujer una y otra vez. Cuando acabó pensó que tenía
las manos rotas, de lo que le dolían, y la mujer yacía muerta y ensangrentada sin cara.
Gabriel no experimentó horror, ni repugnancia, tampoco satisfacción ni euforia.
Se sintió vacío, completamente hueco por dentro, así que pensó que si él estaba vacío
también ella iba ha estarlo, y se encargó de ello. La carcasa de la pobre mujer asesinada
que arrojó a un descampado muchas horas después fue la primera víctima de Gabriel,
aunque como ha estas alturas ya os podéis imaginar, no la última.

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