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adolescencia. Una nueva capa de lodo negro recubrió su otrora brillante esencia infantil,
atrapada en el alquitrán negro de la desgracia, aunque todavía no sumergida por
completo. El grito soterrado, en busca de respuestas, se unía a una rabia roja, fuerte, con
la energía de la juventud. Pero como digo, todavía era joven, todavía estaba lejos de las
verdades que nos hacen adultos, y aún guardaba esperanza y fe en que toda cruz tiene su
cara. Así que, sin que nadie pudiera impedirlo Gabriel siguió creciendo, ahora sí
totalmente tímido, totalmente aislado, aferrado a sus libros y con un expediente
académico brillante y prometedor. No digo, estimado lector, que la esperanza resida en
la ignorancia, sólo digo que Gabriel la tenía como un sentimiento intrínseco de la
juventud.
Entonces el oxígeno del amor llegó en forma de compañera de estudios. Era
alta, guapa, voluptuosa como una mujer y caprichosa como un adolescente, con ojos
azules, profundos, que escondían para él respuestas a sus porqués. Gabriel era ya
entonces un chico guapo, alto y bien formado, con un alo de dolor oscuro y misterio que
lo hacía más popular entre sus compañeras de lo que él jamás hubiera imaginado en esa
época. Seguramente hubiera podido averiguar íntimamente si ella era lo que veía
cuando la miraba, entonces hubiera comprobado si lo era o no, pero nunca lo supo
porque nunca se lo preguntó, y otra capa negra se posó, esta vez de manera
imperceptible.
El tiempo siguió pasando, llegando a la universidad, separándole de ella y de la
luz de su imagen. Para entonces su hermana mayor ya no vivía con ellos, y aunque les
ayudaba a llegar a fin de mes no se ocupaba de Gabriel, si es que a esa edad tenemos
derecho a alguien que se ocupe de nosotros. Su madre hacía lo que podía, entre copas de
ginebra y amantes despiadados. Desde que su hermano murió no había conseguido
emerger y era como si no existiera. Gabriel seguía destacando en sus estudios, aunque
no le reportaban satisfacción alguna, la separación de su segundo amor le había dejado
vacío y se ahogaba en el lodo oscuro de un alma aún brillante, como según cuentan
brillan todas las almas.
Pero el grito rojo de la rabia enfurecida era ya una constante en su vida, que
apagaba con hachís, alcohol y otros entumecedores. Entre la niebla de la inconsciencia
voluntaria volvió a brillar el sol, y otra vez tuvo forma de mujer. Era menuda, preciosa
como una muñeca de porcelana con ojos negros como una noche oscura pero cálidos
como la arena de la playa después de un baño en un mar de junio. Conectaron de
inmediato, pues a ella la vida también le había golpeado con furia, y esta vez Gabriel no
pudo huir, aunque en honor de la verdad tampoco quiso. Ella era fuerte, como sólo lo
son las mujeres buenas, con una fuerza frágil e inquebrantable, capaz de absorber la
oscuridad de la vida e irradiar un amor quizás resignado pero puro, auténtico, maternal.
Gabriel se aferró a ella y después de mucho tiempo volvió a ser feliz. Su grito se
convirtió en susurro y el lodo se solidificó bajo los pies de su alma, que se pudo asentar
con firmeza. Pero traicionado por si mismo o por sus demonios, la perdió. O más bien la
despreció, adentrándose voluntariamente en la oscuridad de relaciones onerosas o no,
traicionando también su confianza y su afecto y causando un daño irreparable y sin
retorno. Para entonces ya se ganaba bien la vida, y vivía sólo. La pérdida buscada le
devolvió a la rabia, al grito y a la insatisfacción y a partir de entonces la oscuridad tomó
el control. Aunque si tenemos que especificar el momento concreto, fue cuando sucedió
lo que os voy a contar a continuación.

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