Tonio, Le petit grandulón, por Andrés Sobico.pdf


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CONTEXTO / 5

4 / CONTEXTO

los primeros días en los que te dejan pilotear a vos
solito se te ocurre no seguir una técnica “para ver
qué onda”. Te morís. Claro, uno no se muere si por
mala técnica con su pincel en un original el marrón
oscuro del planetita va a parar a una de las malditas
raíces del baobab. O sí, depende de cuanto café hayas tomado. Y de la fecha de entrega al editor.
Escribir y volar
Saint Exupéry escribía porque no lo podía evitar,
cuando era chico levantaba a sus hermanas a medianoche solo porque tenía que leerles la poesía o el
cuento que acababa de terminar. Y después, las cartas a su madre, a la que le escribía desde los colegios
en los que estaba internado, desde la colimba, y, después, desde donde fuese que estuviera en el mundo
como aviador raso de los flamantes correos aéreos.
Como todo escritor, pretendía trascender; pero
mucho mucho más necesitaba volar físicamente. “Voler avec le cul”. Volar lo constituyó como un
hombre del hacer.
Por eso, como escritor, vivía siempre desconfiando de las palabras: “Y pienso que inclusive el
más rústico, cuando la acción le impide elegir sus
palabras y deja pensar a su carne, no piensa con
un vocabulario, sino por fuera de las palabras, en
símbolos. Los olvida enseguida, como al salir de un

sueño, y los reemplaza por un idioma técnico, pero el
símbolo lo contenía todo; y no era literatura”.
Y esta carta de Saint Exupéry a su amigo Benjamín
Crémieux sigue contando un incidente de desorientación volando de noche. “La noche era sin luna, yo
navegaba entre la bruma de abajo y las nubes espesas que volvían la noche más negra aún. No había
nada material en el mundo para mí, salvo mi avión.
Estaba “por encima de todo”. Y he que vi, al ras del
horizonte, una primera luz; creí que era un faro. Usted
se imagina la alegría que da un pequeño mundo brillante que lo contiene todo; pero era una estrella, no
un faro; y así me pasó tres veces; de pronto sentí cólera y me encontré gritando ¡No encontraré nunca
entonces la estrella en la que vivo!”.
Segunda parte. Tonio/Antoine y sus
mujeres.
Cuando en 1906, los hermanos Wright demuestran en Francia con su Flyer que era posible volar
mediante un artefacto más pesado que el aire, en
un vuelo controlable y con motor, el petit Antoine
tenía en ese momento seis años.
Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de SaintExupéry, dicen que esos eran todos sus nombres,
nombres de nobleza francesa venida a menos. El
petit Antoine fue criado por madre, tías y abuelas.

Grandes espacios, colegios agradables para la época,
vivió una infancia feliz: “Soy de mi infancia como de
un país”, dijo más de una vez, y no se sabe si plagiaba
a otro escritor, o simplemente decía algo evidente
para cualquier ser humano.
Pero todos sus nombres se convirtieron en Tonio
cuando en Buenos Aires conoció a Consuelo Suncín.
Esa misma noche la llevó a volar sobre Buenos Aires
y la hizo vomitar en el aire a pirueta limpia. Así la
enamoró, lo que habla muy bien de los dos.
Ella era veleidosa, pretenciosa, malcriada, una artista del vivir, una bon vivant que en las malas épocas
se hacía pagar los taxis por el conserje del hotel donde debían un mes de hospedaje. Cuando vivían en
un sucucho en París casi sin muebles hacía fiestas y
cuando los amigos llegaban los mandaba a comprar
el champagne, el queso y demás comestibles.
Su Tonio tuvo buenas y malas épocas económicas, y también vivió como piloto en lugares exóticos
y en lugares inhóspitos (a veces, eran las dos cosas a
la vez), y siempre juntos.
Tonio aterrizaba luego de su tarea de piloto de correos, en su mítica Aéropostale (o Aeroposta aquí en
Argentina), y su Consuelo ya lo hacía volar de nuevo.
Fue su Rosa.
Y otra vez las mujeres, con su novela Vol de Nuit
editada por Gallimard. Vuelo nocturno fue best-seller,

porque ganó el Premio Fémina, un premio literario
que ya existía desde 1904, con un jurado compuesto
solo por mujeres. Tonio lo ganó en 1931; con una
novela sobre aviación, pero no de guerra, plagada de
drama y contextos técnicos bien explicados.
Ese espaldarazo hizo que lo publicaran en Estados
Unidos y se vendieran también sus dos novelas anteriores; lo traducen al español, alemán y al italiano.
Aunque la realidad le demostraba a Tonio que se
podía vivir del escribir; nunca quiso bajarse de los
aviones.
Dos pequeñas princesas
Una tarde de 1929, en su época de Argentina con
el Correo Aeroposta, estaba en vuelo a la altura de
Concordia diseñando la ruta Buenos Aires-Asunción,
cuando decide chequear un campo como posible
pista de aterrizaje de emergencia. Todo muy bien
hasta que en los últimos metros su rueda derecha
cae en una vizcachera y se avería. Tonio se baja maldiciendo, nadie a la vista, se para con los brazos en
jarra, se recrimina no haberse acordado de aquellos
souris géante (ratones gigantes) que había conocido
por los gauchos de Bahía Blanca cuando hacía el correo hacia Río Gallegos.
Cuando de repente, escucha una risita que sale
desde el monte a sus espaldas y la voz de un niño