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Raquel
Como el destino regala vida desde la inocencia,
algo pasó en la rutina que no volvió a ser como antes.
El libro perdió todo interés ante los ojos de una mujer,
que habían contratado para atender las mesas.
Su mirada era alivio;
ni siquiera el olor del café en las mañanas cansadas
lograba regalarme tal consuelo.
Su nombre, Raquel, me hizo estremecer
cuando sus labios se pronunciaron.
Lo siguiente fue un "¿Cómo estás?"
seguido de una leve conversación sobre el clima;
me volví absorto a su voz.
Ahora sólo existían sus manos,
que saboreaban el paño
con el que limpiaba la recepción,
entre sudor del ruido de aquél viejo abanico.
Ya de nada sirvió la noche,
ése prólogo de una nueva mañana
de trigo en pan.
