02 El mercenario.pdf


Vista previa del archivo PDF 02-el-mercenario.pdf


Página 1 2 3 4

Vista previa de texto


Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
—Tranquila, Laabita, sé que tiene toda la pinta de ser de los malos, pero es buena
gente, te lo digo yo. — Dice acariciándole la cabeza.
La niña se me queda mirando fijamente, yo no hago ningún movimiento, lo último
que quiero es asustarla más, y nunca he sabido cómo tratar con niños, así que cualquier
intento de hacerle parecer un amigo seguramente tendría el efecto contrario.
—N-no tiene cara… —Dice entre lágrima y tartamudeando de miedo, y Loob vuelve
a reírse, esta vez de verdad.
—Sí, debería haberte avisado, todo negro y con la máscara parece un fantasma, ¿a
que sí? —Dice Loob.
—¿Máscara? —Pregunta la niña confundida.
Por el lado oeste del mirador entra la luz de la luna, no es llena, pero tan solo le
faltan un par de noches para serlo, así que la luz es abundante siempre que una nube no
la bloquee, así que voy debajo de la luz, me siento con las piernas cruzadas, me aparto
levemente la capucha y me pongo de lado para que vea mi máscara. Una máscara sin
ningún adorno, completamente lisa, salvo por el centro, donde se ve una línea que la
divide en dos, no una línea pintada, sino una línea creada por la luz en la parte en la que
la máscara despunta más, ya que la zona de la nariz está más hacía fuera. La niña se me
acerca muy despacio y me toca la máscara con un dedo como si fuera a tocar metal al
rojo vivo. Cuando la toca y ve que no pasa nada parece que se tranquiliza un poco, se
me queda mirando y me pregunta:
—¿Cómo puedes ver? No tiene agujeros. —Me pregunta.
—Está hecha de Cristal Tuerto, por un lado se ve, pero por otro no. Tú no puedes ver
nada de lo que está al otro lado, pero yo lo veo todo con la misma claridad que si no la
llevara puesta. —Le respondo. La niña se me queda mirando, supongo que no lo ha
entendido del todo.
—Por fin dices algo, empezabas a preocuparme. —Me dice Loob con su sonrisa
imborrable en la cara.
—¿Preocuparte? Eso debería decir yo, ¿no te parece? Da igual como se mire, venir
aquí solo fue una estupidez. —Le digo más serio de lo que pretendía.
—Eso no te lo discuto, pero mereció la pena. —Me dice con una sonrisa cansada
mientras le acaricia la cabeza a la niña.
Doy un suspiro y continúo.
—Cuando he visto el fogonazo hace un rato me he temido lo peor, pero supongo que
habrá pillado a algún saqueador. —Digo intentando calmar un poco el ambiente.
—No, fue con nosotros. Ese cabroncete encontró a Laabita, en la frutería, menos mal
que llegué yo y la saqué de entre las mandíbulas de este wyvern obeso. —Me dice del
mismo modo que cualquiera diría que había ahuyentado a un gato callejero.
—¿Wyvern? ¡Por el fuego y lo que me comentaron otros mercenarios de camino aquí
creía que lo que había aquí era un dragón, y no un wyvern! —Respondo extrañado.
—Bueno, una cosa y la otra. Por forma es un wyvern, dos patas y dos alas, pero este
cabroncete tiene el tamaño de un dragón mediano y también escupe fuego. —Me
responde.
Guardo silencio. No tiene sentido, por definición los wyvern ni pueden ser tan
grandes como un dragón mediano ni escupir fuego, es como si te encontraras un gato
del tamaño de una pantera y que escupiera veneno por los colmillos como una serpiente.
—Oye, por cierto, ¿y Jodra? ¿Os habéis separado para buscarme? Ahora mismo nos
vendría muy bien información de boca de una dragonóloga como ella. —Me pregunta
con las cejas muy levantadas.
—No va a venir, estamos los dos solos. —Le respondo.

Darío Ordóñez Barba

Page 2