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con bombas; asesinos psicópatas en el barrio, y así sucesivamente. La naturaleza asociativa
de las relaciones sociales es transformada en un aislamiento miedoso. Homo homini lupus est:
el ser humano es un lobo peligroso para los demás seres humanos. El pecado original está
presente perpetuamente y el fanatismo y la violencia generan constantemente, a menudo a
cambio de una comisión, chivos expiatorios y pogromos contra las minorías y las ideas
alternativas. A través de los procesos de representación la política vierte ese mundo la
porquería sobre el representado.
En la sociedad burguesa moderna del siglo XX, el ciudadano, al igual que el explotado y el
alienado (incluida la clase trabajadora disciplinada) contaba todavía con algunas vías de acción
política gracias a las instituciones (a menudo corporativas) del Estado y de la sociedad civil. La
participación en los sindicatos, los partidos 1politicos y más en general en las asociaciones de la
sociedad civil, abrieron algunos espacios para la vida política. Para mochas personas la
nostalgia de aquellos tiempos es fuerte, pero suele basarse en relaciones hipócritas. ¡Con que
rapidez pudimos asistir al marchitamiento y la extinción de aquella sociedad civil! Hoy las
estructuras de participación son invisibles (con frecuencia criminales o sencillamente
controladas por lobbies, como decíamos) y el representado actúa en una sociedad privado de
inteligencia y manipulado por la imbecilidad ensordecedora del circo mediático, sufriendo la,
opacidad de la información como una ausencia de virtud y registrando tan solo la
transparencia cínica del poder de los ricos redoblado en su vulgaridad por una falta de
responsabilidad.
El representado reconoce el desplome de las estructuras de representación, pero no ve
alternativa y se ve empujado a retroceder por miedo. De este miedo surgen formas populistas o
carismáticas de una política vaciada incluso de la pretensión de representación: La extinción de
la sociedad civil de su amplio tejido de instituciones fue en parte el efecto del declive de la
presencia social de la clase trabajadora, de sus organizaciones y de sus sindicatos. Se debió
asimismo a una progresiva ceguedad de la esperanza de transformación o, a decir verdad, a un
suicidio de las capacidades empresariales, licuadas por la hegemonía del capital financiero y el
valor exclusivo de la renta como un mecanismo para la cohesión social. La movilidad social en
estas sociedades se torna, sobre todo para aquellos que en el pasado eran llamados burgueses
(entonces clase media y ahora confundidos a menudo en la crisis con estratos del proletariado),
en un descenso a un agujero oscuro e insondable. E1 miedo domina. Y así llegan líderes
carismáticos para proteger a estas clases y organizaciones populistas para convencerles de que
pertenecen a una identidad, que no es más que una agrupación social que ha dejado de ser
coherente.
Pero aunque todo funcionara como debiera y la representación política se caracterizara por la
transparencia y la perfección, la representación es, por definición, un mecanismo que separa a la
población del poder, a los mandados de los que mandan. Cuando fueron redactadas las
constituciones republicanas en el siglo XVIII y la representación se configuro como el centro
del poder político ascendente (como sujeto soberano por excelencia), ya estaba claro que la
representación política no funcionaba mediante una participación efectiva de la población, ni
siquiera de los sujetos varones blancos que eran designados corno “el pueblo,” . Antes bien, se
concibió como una democracia “relativa”, en la medida en que la representación funcionaba para
conectar al pueblo con las estructuras de poder y al mismo tiempo separarle de ellas.
Jean Jacques Rousseau teorizó el contrato social (y por ende el fundamento de la democracia
moderna) en 1os siguientes términos: debe inventarse un sistema político que pueda garantizar
la democracia en una situación en que la propiedad privada genera desigualdad y por ende pone en
peligro la libertad, un sistema .que pueda construir un Estado, defender la propiedad privada y
definir la propiedad pública como algo que, perteneciendo a todos, no pertenece a nadie. De esta
suerte, la representación estaría al servicio de todos pero, siendo de todos, no sería de nadie.
Para Rousseau, la representación es generada por un tránsito (metafísico) de la “voluntad de
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