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LUIS CARLOS; EL ESCULTOR Y SU OBRA
Formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes de México, Luis Carlos (Guatemala, 1952) parece
tomar la estafeta de la escultura guatemalteca directamente de Galeotti Torres y llenar en solitario
el último cuarto del siglo XX con una obra sólida, coherente y rigurosa, abundante, bien pensada y
mejor construida.
No se trata con esta afirmación aparentemente exagerada y tendenciosa de negar la importancia
del trabajo escultórico que artistas tan relevantes como González Goyri, Dagoberto Vásquez, Efraín
Recinos y Luís Díaz realizaron también durante esa época, sino simplemente de verlo desde una
perspectiva histórica-artística y reconocerle desde allí su verdadera dimensión. Se trata, en efecto, de
artistas cuya sensibilidad y espíritu creativo, al igual que sus obras más significativas, se mueven en
una esfera de preocupaciones artísticase ideológicas propias o derivadas de la época revolucionaria
que fructifican, no sólo en escultura sino sobre todo en pintura e incluso en arquitectura, como
afán renovador frente a una tradición —o a una ausencia de tradición— académica, realista, cívica,
celebratoria y anecdótica; además de que, por otro lado, tampoco se puede constatar una influencia
a la que se pueda llamar decisiva —de maestro a alumno, por ejemplo— en el oficio, el estilo y la
temática del escultor solitario que siempre ha sido Luis Carlos.
Es más, desde los inicios de su carrera y de sus primeras esculturas, la obra de Luis Carlos deliberadamente
se levanta al margen de toda polémica estética e ideológica; simplemente impone sus formas construidas
con la naturalidad y la seguridad de quien no tiene que demostrar nada a nadie. Así, sin pretender
desafiar gustos imperantes con falsas audacias y originalidades a ultranza, sino únicamente confiado
en la equilibrada transparencia de las formas geométricas, la racionalidad del diseño y la coherencia
rítmica de las líneas y los volúmenes, la nobleza de los materiales y, por supuesto, la más alta
exigencia técnica, la escultura de Luis Carlos encarna los valores eternos que moldean, no sin cierta
tensión, la vida histórica de la humanidad y de los individuos: libertad, dignidad, amor, solidaridad,
paz, armonía, belleza, etc.
De allí que sus esculturas, primero que nada, inserten sus serenas formas geométricas grávidas
de material en un espacio que a partir de ellas deja de ser físico y ganen para sí una especie de
intemporalidad. Lo que al mismo tiempo viene a instalarse en ese espacio significante abierto por la
forma no es una alusión a un ideal o a un concepto sino propiamente la presencia tangible y plena
de un ser y sus valores —su deber ser— que ha sido convocado en el acto creativo. Así, por ejemplo,
las esculturas sobre el tema de la familia no aluden al ideal de esa institución social sino que lo hacen
encarnar en la solidez del conjunto, en la unidad estilística y semántica en el que encajan a la perfección
los diferentes elementos formales que las componen, en el armónico juego de líneas de un diseño
dinámico y complejo, en el movimiento y la alternancia rítmicos de los volúmenes y los vacíos que
componen su espacialidad intemporal. Y siempre hay algo grandioso en esas presencias convocadas
por el artista, ya sea en la figura de una mujer, de un hombre pensando o una deidad indígena.

manos de la paz
Palacio Nacional de la Cultura

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