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conocido y confesado. Todos los artículos de la
fe se refieren a él, son vías para conocer su ser
y su actuar, y por eso forman una unidad superior a cualquier otra que podamos construir con
nuestro pensamiento, la unidad que nos enriquece, porque se nos comunica y nos hace « uno ».
La fe es una, además, porque se dirige al único Señor, a la vida de Jesús, a su historia concreta que comparte con nosotros. San Ireneo de
Lyon ha clarificado este punto contra los herejes
gnósticos. Éstos distinguían dos tipos de fe, una
fe ruda, la fe de los simples, imperfecta, que no
iba más allá de la carne de Cristo y de la contemplación de sus misterios; y otro tipo de fe, más
profundo y perfecto, la fe verdadera, reservada
a un pequeño círculo de iniciados, que se eleva
con el intelecto hasta los misterios de la divinidad desconocida, más allá de la carne de Cristo.
Ante este planteamiento, que sigue teniendo su
atractivo y sus defensores también en nuestros
días, san Ireneo defiende que la fe es una sola,
porque pasa siempre por el punto concreto de la
encarnación, sin superar nunca la carne y la historia de Cristo, ya que Dios se ha querido revelar
plenamente en ella. Y, por eso, no hay diferencia
entre la fe de « aquel que destaca por su elocuencia » y de « quien es más débil en la palabra », entre
quien es superior y quien tiene menos capacidad:
ni el primero puede ampliar la fe, ni el segundo
reducirla.41
Cf. Ireneo, Adversus haereses, I, 10, 2: SC 264, 160.
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