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Además, es también importante la conexión
entre la fe y el decálogo. La fe, como hemos dicho, se presenta como un camino, una vía a recorrer, que se abre en el encuentro con el Dios
vivo. Por eso, a la luz de la fe, de la confianza total
en el Dios Salvador, el decálogo adquiere su verdad más profunda, contenida en las palabras que
introducen los diez mandamientos: « Yo soy el
Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto » (Ex 20,2). El decálogo no es un conjunto de
preceptos negativos, sino indicaciones concretas
para salir del desierto del « yo » autorreferencial,
cerrado en sí mismo, y entrar en diálogo con
Dios, dejándose abrazar por su misericordia para
ser portador de su misericordia. Así, la fe confiesa el amor de Dios, origen y fundamento de todo,
se deja llevar por este amor para caminar hacia
la plenitud de la comunión con Dios. El decálogo es el camino de la gratitud, de la respuesta de
amor, que es posible porque, en la fe, nos hemos
abierto a la experiencia del amor transformante
de Dios por nosotros. Y este camino recibe una
nueva luz en la enseñanza de Jesús, en el Discurso de la Montaña (cf. Mt 5-7).
He tocado así los cuatro elementos que
contienen el tesoro de memoria que la Iglesia
transmite: la confesión de fe, la celebración de
los sacramentos, el camino del decálogo, la oración. La catequesis de la Iglesia se ha organizado en torno a ellos, incluido el Catecismo de la
Iglesia Católica, instrumento fundamental para
aquel acto unitario con el que la Iglesia comu62
