PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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¡Prepara flores!
Para muchos la vida es como un desierto
porque no conocen la amistad,
porque nadie les quiere,
porque nadie les tiende una mano.
Por más que la busquen,
no existe para ellos una señal
de simpatía, de afecto.
¡Para ellos nunca florece una flor!
Regala la flor de un beso, de una sonrisa. Una sonrisa dura un instante,
pero puede ser eterna en el recuerdo. Nadie es tan rico que no la necesite, nadie
es tan pobre que no pueda darla. Una sonrisa puede tumbar distancias y barreras,
acercar los corazones:
***
A Antonio de Saint-Exupery se le conoce por su magistral obra “El
Principito”, que encanta por igual a grandes y a niños. La mayoría ignora, sin
embargo, que Saint Exupery fue un hombre extraordinario, de una gran
sensibilidad humana y una extraordinaria vocación de servicio. Durante la
Segunda Guerra Mundial, combatió con inusitado valor como piloto de guerra la
tiranía de los nazis y, de hecho, murió en acción. Años antes, había combatido a
los facistas en la guerra civil española. De esta experiencia nos dejó un bellísimo
relato titulado La Sonrisa, que no se sabe si fue real o una creación literaria
inspirada en algún suceso que vivió durante la guerra.
Cuenta el escritor que fue capturado por el enemigo y arrojado en una
celda. Sabía que iban a matarlo al día siguiente y se puso extremadamente
nervioso. Hurgó en sus bolsillos en busca de un último cigarrillo y,
afortunadamente, consiguió uno. Con manos temblorosas se lo llevó a la boca,
pero no tenía fósforos.
Miró al carcelero que, sin prestarle la menor atención, estaba distraído
limpiando su arma.
-Señor, ¿no podría darme fuego? -pidió el prisionero con voz adolorida.
El carcelero lo miró sólo un momento, se encogió de hombros y se acercó
para encenderle el cigarrillo. Al acercarle el fuego, sus ojos se cruzaron con los de
Saint Exupery que le ofreció una profunda sonrisa de agradecimiento. Esa sonrisa
prendió en el corazón del carcelero que endulzó su mirada y se le quedó
sonriendo un rato con cariño. Las sonrisas fueron borrando las diferencias y
acercando sus corazones. Ya no eran preso y carcelero, sino dos hombres
intentando comprenderse y aceptarse.
-¿Tienes hijos? -preguntó el carcelero con vivo interés.
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