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C
uando el verano agoniza, y la ciudad vuelve a la
melancolía. Las terrazas de
los cafés se llenan de humo
clandestino y de palabras
que se cruzan como cuchillos que jamás recordaremos.
Por eso todo se remonta a una
noche tras otra, sin recuerdos
aparentes. Un estado de normalidad que roza lo absurdo...
Más o menos en esta época
del año es cuando ella hizo
las maletas. Se montó en
el primer tren y desde entonces no sé nada de ella.
Como en una pelicula, tan
realista, pero a la vez tan
patético. Sin romanticismo
del hombre solitario. No
existen los paseos bonitos,
no existe nada que me haga
sentir un poco mejor, ni encontrar el punto lírico a esta
historia. Claro, que no vivo
en París, esto es Madrid.
Nunca nada es tan bonito como nos lo han vendido las grandes productoras cinematográficas, no fue bonito ver como lo único que mantenía a mi lado hacía las
maletas. En la vida real no existen los andenes llenos de gente. El tío no corre con
lágrimas en los ojos. Y ella no se replantea en un momento perdonar a ese capullo.
Por eso, si mi aliento de noche cerrada me lo permite comenzaré esta historia, que
habla sobre las flores muertas
