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EDITORIAL
(...) / pulso de la vida más allá de las aulas, en ese espacio que está esperando
acechante al alumnado una vez que sale a
buscar eso que se llama ‘el porvenir’ con un
título incierto y una orla pretenciosa —ay, una
orla más— bajo el brazo. Entre cordilleras,
fórmulas y nociones literarias, los profesores deberíamos saber contar también estas
cosas. Explicar, por ejemplo, a los alumnos
que quienes dictan las claves de supervivencia social en los países civilizados entran
en esas contradicciones mortales: por una
parte suprimen asignaturas como la EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA —so pretexto de adoctrinamiento peligroso— y, por
otra, dejan exangües los recursos humanos
y económicos en escuelas e institutos —también en ambulatorios y hospitales— porque
hay que recaudar dineros aceleradamente.
Dineros malgastados impunemente en otros
ámbitos. Pero, ¡atención!, si de lo que se
trata es de poner a salvo capitales sustanciosos, vengan de donde vengan, entonces
todas las puertas de bienvenida se abren.
¿No es este el adoctrinamiento peligroso y
mendaz? ¿No están contando los mismos
que recortan derechos, dineros y asignaturas este relato indecente a modo de fábula
ejemplar para que los jóvenes sepan cuanto antes con quién se es indulgente y con
quién estricto?
De esa escasez general viene esta novedad: ZARZA digital. Nada malo en sí mismo,
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desde luego. ¿Cómo suponerlo si en nuestro instituto hemos estado siempre apostando por la aplicación sin prejuicios de la
tecnología puesta al servicio del rendimiento
pedagógico? Lo único que nos provoca ese
malestar inaudito es, precisamente, esa falta de coherencia que practican quienes a la
postre nos piden tenerla a nosotros.
Nuestra coherencia pasaría ahora por invadir despachos donde se traman tantas
asechanzas sombrías, exigir recortes también en las altas trincheras administrativas
donde se agazapan cargos inútiles de pingües sueldos —¿pero de verdad hacen falta
tantos inspectores, asesores y coordinadores?—, levantar la voz junto a padres y alumnos para no dejar caer la enseñanza pública
hasta esos niveles rastreros que supondrán
indefectiblemente una polarización educativa: los ricos a los estudios superiores; los
“alcanzados” —utilicemos el eufemismo todavía— a jugárselo todo en las incertidumbres del mercado laboral.
En fin, tomemos este editorial como una
pedrada digital, un desahogo compartido
a buen seguro por la comunidad educativa aún sensible. Y deseemos larga vida a
ZARZA. Bueno, no: más bien en tiempos de
salud quebradiza para todos, vigilemos el
gotero, señoras y señores, no siendo que se
acabe y nadie venga a reponerlo a la cabecera del enfermo que somos todos. En esas
estamos.
