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IV. Afectaciones neurovegetativas y hormonales
Desde el punto de mira fisiológico
La inspiración por la nariz, además de proveer de filtros pilosos y pituitarios para el aire que entra en el
organismo a través de las fosas nasales, aporta oxígeno directamente al cerebro, a través de la lámina cribosa
que las conecta con la base cerebral, lo que en primer lugar refresca el cerebro y, en segundo lugar, afecta
a dos órganos cerebrales del sistema límbico o emocional:
1. Hipocampo, sede del control de la memoria a corto plazo, de la atención sostenida y único órgano
del que hasta la fecha se ha demostrado que interviene en la regeneración neuronal.
2. Amígdala, órgano que activa y regula las emociones.
Como vimos en la Parte I, el uso permanente de la mascarilla afecta directamente al flujo de aire, que entra
en menor cantidad por el efecto de barrera, lo que provoca que la persona que padece el uso de aquélla se
vea compelida inconscientemente a abrir la boca para inspirar un mayor flujo de aire, cuya concentración
de oxígeno además está disminuida en un 20 por ciento.
Al entrar así el oxígeno en su mayor parte por la boca, disminuye el aporte al hipocampo y a la amígdala,
con el resultado de una tendencia a (Silva, 2020; Servián, 2019):
a) Disminución de la capacidad de concentración.
b) Disminución de la atención.
c) Reducción de la capacidad de regeneración neuronal.
d) Amortecimiento de la activación emocional.
e) Altibajos de impulsividad neurovegetativa.
En el caso de las personas escolares y de las jóvenes, algunas de estas afectaciones se ven aumentadas por
la falta de desarrollo del lóbulo prefrontal (Blakemore et al. 2011, pp. 193 ss.), que inhibe las reacciones
irreflexivas.
Desde el punto de mira psicológico
Las emociones negativas, como por ejemplo los estados de estrés y depresión permanente a que hemos
aludido en la Parte II, provocan un aumento de la hormona cortisol, cuyos efectos sobre el organismo
cuando se segrega habitualmente en exceso son (Rodríguez, 2015):
- debilitación del sistema inmunitario (al inhibir la proliferación de células T).
- afectación del hipocampo, con las consecuencias que acabamos de ver.
- diabetes (el cortisol inhibe la producción de insulina, la hormona que controla los niveles azúcar).
- afectación de la piel (la pérdida de colágeno inducida por el cortisol en la piel es diez veces mayor que en
cualquier otro tejido).
- afectación del estómago (el cortisol estimula la secreción ácida gástrica).
- incremento de la osteoporosis (el cortisol estimula la bomba de sodio de las células, cambiando el
gradiente de salida en favor del potasio; en las células óseas, un exceso de potasio favorece la salida del
calcio, cuyo déficit provoca osteoporosis).
Estos efectos son más acentuados si, como es el caso de las actuales medidas de “protección”, disminuye
el contacto social, pues se ha demostrado que la interacción social positiva (familia, amigos, compañeros
de escuela) contribuye a controlar los niveles de cortisol (Heinrichs, 2003), lo que, como corolario, nos
lleva a que la distancia “social” o el trabajo/escuela telemáticos aumentan el riesgo de secreción excesiva
de cortisol.
Coda
Una persona que desde niña se haya visto obligada a llevar mascarilla habitualmente será, de mayor, menos
inteligente, menos reflexiva, más emocionalmente neutra y con tendencia a la impulsividad imprevista, así
como tendrá mayor predisposición a la diabetes y la osteoporosis, y en general a cualquier enfermedad (por
ejemplo, infecciones, catarros…), al disminuir su sistema inmunitario; todo ello, desde la perspectiva
exclusiva de la afectación neurovegetativa y hormonal.
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