REFLEXIÓN SOBRE LA PASCUA DEL ENFERMO.pdf

Vista previa de texto
que nosotros somos los únicos que sufrimos en el mundo, o en todo caso, los que más
sufrimos.
Una de las caras más negras del dolor es que tiende a convertirnos en egoístas, que
nos incita a mirar sólo hacia nosotros. Un simple dolor de muelas nos empuja a
creernos la víctima número uno. Así, si en un telediario nos muestran miles de
muertos, como es en el caso que estamos viviendo con los miles de muertos
ocasionados por el coronavirus, pensamos en ellos durante dos minutos, pero si nos
duele el dedo meñique gastamos las veinticuatro horas del día en autocompadecernos. Salir de uno mismo es muy difícil, salir de nuestro propio dolor es casi
un milagro. Y tendríamos que empezar por ese descubrimiento del dolor de los demás
para medir y situar convenientemente el nuestro.
Hay que tratar de no mitificar nuestro dolor o no volvernos contra Dios y contra la vida,
como si fuéramos las únicas víctimas. Cuando vas conociendo a los hombres,
descubres que todos estamos mutilados de algo. Hay a quien le faltan los riñones, o le
sobra un cáncer, o le falta un brazo o trabajo, o tiene un amor no correspondido, o un
hijo muerto… Y muchos, que quisieron ser actores o médicos, y hoy, trabajan en una
oficina, o de albañiles, carpinteros…. Otros tienen un hijo drogadicto, o hubieran
querido tener una cultura que no pudieron adquirir. Todos. Todos…
¿Qué derecho tengo a quejarme de mis carencias como si fueran las únicas del
mundo?
La tercera gran respuesta es la que enseña a ver los aspectos positivos de la
enfermedad.
Dejando de lado una seudo-espiritualidad cristiana que hablaba de las excelencias del
dolor, hay que decir, que en la mano del hombre está el conseguir que ese dolor sea
ruina o parto.
Yo nunca me imagino a Dios, mandando dolores a sus hijos sólo para probarlos. El
dolor es más bien una parte de nuestra condición humana, deuda de nuestra raza
atada al tiempo. Por eso hay que decir que no hay ser humno sin dolor.
Lo que Dios, sí, nos da, es la posibilidad de que ese dolor sea fructífero. El hombre
tiene en sus manos ese don terrible de conseguir que su propio dolor y el de sus
prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso.
Y tenemos que reconocer con tristeza que desgraciadamente son muchos más los
seres destruidos por la amargura que aquellos que saben convertirlo en fuerza y
alegría. Por esto, el verdadero problema del dolor no es su naturaleza, sino su
sentido.
Ahí es donde se retrata un ser humano, la manera de sufrir es el más grande
testimonio que un alma da de sí misma: Así ocurre que hay supuestos “grandes” de
este mundo que se hunden en la primera tormenta, mientras que “pequeñas” personas
son maravillosas cuando llega la angustia.
Desde estas premisas llego a una conclusión: me interesa más una vida plena que
una vida larga. El valor de una vida no se mide por los años que dura, sino por los
frutos que produce. De ahí, que, ante la enfermedad, pase lo que pase, a lo que no
tenemos derecho es a desperdiciar nuestra vida, a creer que porque estoy enfermo
tengo disculpa para no cumplir con mi deber o a amargar la vida a los que me rodean.
Y me veo obligado a subrayar que la verdadera enfermedad del mundo es la falta
de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano
compasiva y amiga! ¡Qué fácil, en cambio, seguir cuando te sientes amado y ayudado!
