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LITERATURA
PREVENTA
12 febrero 2020
JUAN RODOLFO WILCOCK
ATALANTA
EL LIBRO
DE LOS MONSTRUOS
«Un autor de talento mordaz, sin dominio, acaso sin deseo de
dominar, su violencia expresiva.»
El País
«Métanse de lleno en la obra de Juan Rodolfo Wilcock. Una
vez que se lo lee, no hay punto de retorno, y ese es uno de los
mayores elogios que puede recibir un escritor.»
Pablo Strozza, Border Periodismo
«La obra de Wilcock funciona como un deslumbramiento
fatal que nos entrega una imagen siniestra de la realidad y del
mundo en un estanque de aguas irresistibles y hermosas a la manera de Anastomos, uno de sus más entrañables monstruos, constituido exclusivamente de espejos en los que “vemos reflejadas
aquellas cosas que verdaderamente, sin hipocresía, amamos”.»
Perfil
Formato: 14 x 22 cm, rústica
160 págs.
Colección: Ars brevis, n.º 134
ISBN: 978-84-120743-1-4
PVP: 18 €
Nacido en Buenos Aires en 1919, Juan
Rodolfo Wilcock fue, como le definió una
vez Bioy Casares, toda una constelación,
pues cultivó con extraña origina-lidad y
maestría todos los géneros literarios: la
poesía; esporádicamente, el teatro; el
ensayo y la crítica (escribía algunos
artículos con pseudónimo, para polemizar
consigo mismo en el mismo periódico y
«sacarse la piel a tiras»). Pero, por encima
de todo, fue en la prosa breve en donde
alcanzó, como Marcel Schwob, su plenitud
literaria, con un incomparable sentido de la
ironía.
A tenor del célebre libro de su amigo Jorge Luis Borges, publicado en 1954, en el que reunía una insólita suma de seres imaginarios, Juan Rodolfo Wilcock nos presenta aquí un manual,
no menos fabuloso, de textos breves, aunque ceñido a códigos
totalmente distintos: los monstruos de Wilcock siempre se contemplan con una traviesa sonrisa en los labios, que a veces desemboca en carcajada. Heredero directo del último Flaubert y de
Kafka, sus criaturas corresponden al reino exclusivo del humor
negro y la ironía feroz. Así, ya tengan todo el cuerpo recubierto
de espejitos, como Anastomos, o de largas plumas blancas, como
el arquitecto Mano Lasso; padezcan la no menos incómoda peculiaridad de contar con tres piernas y tres bocas, como el poeta
Eher Sugarno; o soporten, como el asistente social Ilio Collio,
unas tetillas de las que mana una especie de aceite espeso que
vuelve su cuerpo extremadamente resbaladizo..., todo este estrafalario compendio de singularidad física no redime a ninguno de
los personajes de la trivialidad cotidiana en la que tan a menudo
se mueve la condición del ser humano. No importa la circunstancia, el absurdo siempre impone su terca ley; así, el veterinario Lurio Tontino viaja sin rumbo por el cosmos convertido en
asteroide, o el doctor en letras Ugo Panda, cuyo cerebro es del
tamaño de una avellana, compone canciones tan celebradas como
ininteligibles.
