REVISTA NUMERO 15 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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TIEMPO DE ADVIENTO
A veces me fijo en él. Bueno, a decir verdad,
desde que lo `fiché´ suelo escrutarlo de soslayo,
con disimulo, siempre que coincidimos en la
sidrería. Emana de su figura soledad. Ya, ya sé
que suena desventurada la palabra. Quizá hasta
para aquellos que la eligen como sinónimo de
vida.
No sé en qué momento me percaté de su
presencia. Seguramente fue producto de
uno de mis `despistes´ tertulianos cada vez
más frecuentes. ¡Ay!, los años. La cabeza y
sus devaneos. De repente hace `clic´ y sin
pretenderlo siquiera te desvinculas de la
conversación que tiene lugar y te encuentras
fantaseando entre teorías más o menos
chismosas de que al hombre de la barra en el
que te acabas de fijar algo no le va bien. Caes
en la cuenta de que se mimetiza en el ambiente,
uno más entre el barullo del bar que lo hace casi
imperceptible. Apática la mirada, dubitativa en
la tele sin realmente mirarla. El corto de cerveza
por compañía. De vez en cuando un palillo en
la comisura de los labios y la compostura recia
pretendiendo dar imagen de seguridad. Qué
pensará de estar así, sólo entre la clientela, me
pregunto.
Alguien aseveró que los sentimientos son
etéreos, impalpables, pero en ocasiones a través
de los gestos que uno adopta se hacen notorios:
Es fácil imaginarlo levantarse cada mañana,
desayunar en el ambiente gris de su hogar. Con
desgana. Sin compañía. Desalentado. Así un día
y otro hasta arrebujarse en la rutina de la desidia
y hacer de la soledad algo ineludible. A veces
creo que terminará olvidándose de hablar. Qué
desdicha.
Me llega el soniquete de que llegó ahí por
su carácter retraído y por una relación
truncada, tras apostarlo todo por un cariño
sin condiciones, sin saber que la vida, cuando
se pone cruel, no entiende de honestidades, ni
tampoco de minucias sentimentales. Ella obtuvo
los papeles ansiados y se largó con viento fresco.
“¡Ahí te quedas capullo!”
Por José Carlos
Se sienta en un taburete de la barra y simula
mirar el móvil como si tuviera exceso de actividad en las redes sociales. Se nota por sus gestos corporales que es una pantomima. Le pasa
como con la tele. Concentración irreal, simulada. No puedo evitar la empatía hacia él y de
seguido me apodera la congoja. Qué maquinará
bajo su gorra perenne aquella cabeza. Qué habrá
tras esa mirada entristecida por una realidad
despiadada. Qué vejez le espera, si es que llega a
la vejez.
Me desengancho de mi osadía perspicaz
centrándome de nuevo en la conversación
del grupo. Hablan de la comida que desde
hace años nos une el día de nochebuena, de lo
amena que resultó la velada del año pasado.
Nos apuntamos a repetirla una temporada
más. Asumo lo afortunado que soy de
compartirla con los amigos, sin darme cuenta
en ese momento que para mi pesar me toca
turno de tarde. Echo en falta esa jubilación ya
merecida tras cuarenta años ininterrumpidos
de currelo y cotización. Las guirnaldas en la
calle se iluminan de improviso. Lucen en Valdés
Pumarino irradiando fraternidad. Es el día de
encendido. Inducen con su luminaria colorida
al buen rollo y a quererse mucho. Es tiempo
de sonrisa profidén en nuestro Candás del
alma. El solitario de la barra se cala aún más
la gorra y se dirige a la salida. Cabeza gacha y
manos en los bolsos traseros de los vaqueros.
Mudo. Ni un saludo intercambiado. Ni un hasta
mañana a quien dirigir. No recaba atención
su ausencia. Por un instante la imagino a ella
cogida de su brazo, emperifollada de gala,
disfrutando del botín. La soledad. El tiempo de
adviento discurre raudo y la navidad, a ritmo de
villancico, cabalga a la vuelta de la esquina.
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