REVISTA NUMERO 14 CANDÁS EN LA MEMORIA NOVIEMBRE 2019.pdf


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CULTIVANDO EL CARIÑO

H

Puede que sea cosa de la edad. Creo que sí.
Cada vez con más frecuencia me pregunto ¿qué
mejor que los tiempos de tertulia cuando surgen
de manera improvisada, compartidos al modo
de antes, con móviles y demás `cacharros´
modernos dejados de lado y una pinta de vino,
o una botella de sidra, de por medio? Siempre,
o casi siempre, sin mirar el reloj, y donde los
vermús se hacen longevos hasta bien entrada
la tarde. Palique distendido, ameno, sin hora
que ponga fin a la velada. Disfrutando del
momento, con un trasfondo dicharachero y por
veces socarrón que para los que sabemos de
la idiosincrasia del pueblo nos revela el apego
amistoso de los allí reunidos. Muchas son las
ocasiones que el alegre coloquio deriva al ayer y
entonces brotan las palabras de los contertulios
con una connotación diferente, afloran con una
envoltura apasionada, arropadas en el cariño,
como si el pensamiento se dejara sobornar por
un pasado añorado mientras se apoderan de la
charla remembranzas afectivas hacia personas
que nos precedieron y que nunca serán borradas
de los corazones de aquellos que las echan en
falta. Cuando así ocurre me embeleso y no
porque yo no tenga los mismos sentimientos
de apego, que sí, sino por la forma que tienen
algunos de narrarlos, entre ellos `Lalitos´
pequeño y mi mujer. Es como si de repente se
volvieran niños entre los recuerdos que toman
vida, mostrando tal emoción al narrarlos que
suelo acodar los brazos en la mesa y observarlos.
Y escucharlos boquiabierto. Es tan palpable el
sentir que transmiten que, a mí, al menos, me
hacen empequeñecer.

ablan de sus padres, de la
amistad que mantenían,
de la camuña en el grupo que
conformaban. Es muy difícil
de explicar la profunda ternura
que de sus palabras emana. Me
ponen la piel de gallina. Los
tienen idealizados, como si fueran
dioses. Y realmente creo que así
los consideran. Siempre presentes
cuando surge el momento. En
pedestal de oro.

“Esperaba por la tarde del sábado con
ansiedad, pa poder `estrujalo´ día y medio hasta que llegaba la noche del domingo y le tocaba volver pa la mar…”
“… el color blanquecino de les meses de
madera, el olor higiénico de la lejía, el
yumbo y les aceitunes que ponía Olvido,
y el perro Julián…”
“Tengo el recuerdo de muy guaje. De
sentame a la puerta del Marcelo Vega
y esperar. Y oílos entonar. De les voces
empastades a su manera. Aquello si era
cantar…”
“… aquelles excursiones a Covadonga y la presencia de todo el grupo en mi
boda. El mayor regalo que me pudieron
hacer…”

Andan ahora con dimes y diretes de un
homenaje hacia esa peña que a ellos tanto les
marcó: El Resaca. Peña que dejó huella profunda en Candás y también una relación de apodos
sin igual, tales como: Güillo, Lalitos, Boldreo,
Cotorrín, Xurro, Pozalo, Paletón, Quín, Moro,
Bañuguero…, heredados todos ellos entre sus
descendientes con la solemne satisfacción que les
produce ser sus portadores.
Va la cuestión de una comida que reúna a los
hijos, nietos, y demás allegados.
A veces los espoleo: “A qué esperáis. Sólo ye
tomar la iniciativa y comenzar.”
Por ellos. Una forma más de seguir cultivando
la viveza de ese cariño reflejado en la añeja fotografía que orna humilde el rinconcito predilecto
de la casa.
TEXTO Y FOTOGRAFIA--- JOSÉ CARLOS ÁLVAREZ

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