REVISTA NUMERO 10 CANDÁS EN LA MEMORIA junio 2019.pdf


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AMANECERES
Me gustan los amaneceres. Es algo evidente en
relatos anteriores. Quizá los preferidos sean los
de mayo y octubre. Sé que es por la hora en que
tienen lugar, ni muy temprana ni tampoco muy
tardía. Cierto que es un placer reciente, quiero
decir de pocos años para acá, y me doy cuenta
que la edad tiene mucho que ver con ello. Para
ser sincero no siempre me levanto a la hora
adecuada. A veces, por cuestiones laborales, me
anticipo en demasía a ellos y cuando acontecen no puedo presenciarlos donde yo quisiera,
y otras, por alargar un poquito los periodos de
pernocta, uno pierde la ventura de disfrutarlos.
No obstante, de vez en cuando, me acerco al prao
de Gervasia a hora pertinente y apoyado en la
baranda que se eleva sobre el muelle presido anhelante la salida del sol. No es un mirador al uso,
aunque sí un magnífico lugar para presenciarla.
Cuando el azar, o la fortuna -que también-, me
obsequian con una aurora hermosa, entonces la
disfruto como un niño al que se le da el regalo
por él ansiado. Se va la somnolencia de repente.
Es un momento mágico donde la luz suspende
sus colores entre el relente silencioso de la madrugada. Un chute vital que el alba te inocula desde esos reflejos irisados en una mar predispuesta.
La última vez, primeros de junio, el azar y la
fortuna congeniaron y un matiz anaranjado fue
dotando de vigor el cielo emborronado de nubes
grisáceas. Es fácil creer, bajo el embrujo de esa
maravilla, en la omnipotencia de un ente sobrenatural capaz de originar semejante prodigio.
Cuestión debatible sería la certeza sobre ese dios,
justo, misericordioso, magnánimo, sabio y demás
que, durante siglos, y con el poder como telón de
fondo, nos fueron inculcando los gerifaltes portadores de sotanas y solideos.
Viene esto a cuento porque a veces la vida te
apea. Y su trato descarnado te hace pensar. Y
te preguntas. Cómo es posible que ese dios que
todo lo puede, esencia de mesura y bondad, sea
capaz de someter de nuevo a padecimiento extremo a una de sus criaturas,a una de esas personas hechas a su semejanza, reproduciéndole

el mismo mal apenas restañadas las heridas de
la primera contienda, y cuando empieza a disfrutar de ese sabor dulce con que encara de nuevo
el día a día tras lo que considera una segunda
oportunidad. Como si con aquella batalla librada en una mesa de quirófano no fuera suficiente, allí, donde vida y muerte, antagónicas
por condición, jugaron papeles estelares. Suele
ocurrir que cuando esto te afecta termines renegando de él, o de las convicciones que sobre él te
inculcaron, o de ambos. Y que aceptes con acato
la crueldad del destino. Y asumas, de nuevo, que
todo depende de ti, de tus ganas de seguir tirando, portando esta segunda vez en tu mochila el
hándicap que supone la experiencia vivida, el
saber lo que te viene encima.
Una silueta próxima a la rambla camina rumbo
a la pica. El trazo oscuro de una boina se recorta
en su cabeza. Parece mayor. Me recuerda a los
viejos marineros, quizá sea el último de ellos.
Quien sabe las veces que, envueltos por la galerna, durante la faena, y viéndose perdidos, renegarían también ellos de la fatalidad y de dios,
para luego tras la arribada, a salvo barco y tripulación, acercarse hasta el camerino del Cristo a
presentarle sus respetos por creerle receptor de
sus súplicas. Y es que cuando uno se enfrenta a
situaciones que lo sobrepasan, cuando se juega
el seguir estando, siempre queda el recurso de
acogerse a asilo en las creencias de fe instituidas
y así ponerle disfraz a la fragilidad que nos sobrecoge y por momentos nos arredra el ánimo.
Me alejo del prao de Gervasia con el sol imperando ya sobre el horizonte difuso que separa
cielo y mar, despejada la mañana de las nubes
iniciales. Atemperado el ánimo por el bonito
amanecer y preguntándome si a pesar de mi
tozudez descreída no debería acercarme al camerino del Cristo, como los viejos marineros, y
solicitarle que le eche un cabo si en su mano está.
Creo que dejaré de lado mi renuencia religiosa
y así lo haré, pues la persona en sí se lo merece y
por intentarlo que no quede.
Escrito por José Carlos Álvarez 22