REVISTA NUMERO 8 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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FIDELIO PONCE DE LEÓN ,EL HOMBRE Y EL
ARTISTA
Del autor que mejor lo conoció Juan Sánchez
Pero después se preocupa por la miseria en que
asomará a la vida el retoño de sus amores:
«Duele tanto el primer hijo habido en la pobreza, que el alma se sume en el más negro y grande de los sufrimientos.» Traslada a María para
la habitación 14 que él ocupa en el hotel Rex,
en la calle San Miguel casi esquina a Neptuno.
Es la época, a principios de los años 40, en que
Ponce cuida de su apariencia personal como en
ningún otro momento de su vida. El hotel donde
vive está enclavado en pleno corazón de La
Habana, en medio de un entrevero de calles que
recuerdan las rinconeras pintadas por el francés Utrillo. La baja vida alegre capitalina exhibe por estos lares todas las manifestaciones
imaginables: prostitución, juego, tráfico de drogas baratas, chulería y matonismo uniformado
de una policía que casi siempre obtiene sucio
producto de este lado feo de la ciudad. A pocas
cuadras, el blanco y enorme edificio del Capitolio sirve de sede al Congreso de la República
que, con poquísimas excepciones, refleja el descoco del poder legislativo que emula en chatura
con el ejecutivo. Recién llegado de Francia, el
pintor Wifredo Lam acudió al Rex para saludar
a Ponce, en quien reconoce a uno de los maestros de la pintura cubana.
Por esta época escribió una larga lista con
nombres de pintores famosos para escoger los
que debía llevar su hijo, próximo a nacer. Cuando María dio a luz un varón, Ponce decide mudarse para una humilde vivienda en Marianao,
cerca del paradero de tranvías de Redención. El
niño fue nombrado Miguel Ángel Domenico Rafael, pero todos comienzan a llamarlo, sencillamente, Poncito. En la nueva casa, María sigue
al tanto de que a Ponce no le falten nunca sus pequeños frascos de vitaminas.
Él comienza a hacer algún reposo, siguiendo
indicaciones médicas. De vez en cuando, sin agitación, pinta o hace dibujos. Cuando no, ocupa
el tiempo en escuchar música: Beethoven, Mozart, Bach, Schubert, Schumann.
Mantiene una fe casi ciega ante el poder
de aquellas vitaminas que la ciencia ha bautizado
con letras del alfabeto. Al enterarse que había
sido descubierto un nuevo medicamento, la estreptomicina, cuyos poderes benéficos todos
exaltaban, dijo a sus amigos:
—Estoy salvado. Estoy salvado. Se dice que la
estreptomicina es lo mejor que hay para curar la
tuberculosis.
Un funcionario del gobierno de turno62 traía
del extranjero a Ponce esta medicina que recién
había invadido el mercado y recibía a cambio
obras del pintor. Era un nuevo tipo de mecenazgo que, en vez de entregar dinero, comida o bebi
da, entregaba ahora medicinas. Pero Ponce estaba ya definitivamente minado por la enfermedad.
Un comentario de Mañach en el Diario de la Marina, el 6 de noviembre de 1946, mostró los perfiles del drama: «Efectivamente, Ponce está gravemente afectado de los pulmones. Hay que hacer un esfuerzo, generoso y sostenido, para salvarle a Cuba un gran artista. Algunos amigos y
admiradores de Ponce, organizados por la señora
Hortensia Lluch de Berg, estamos tratando de
asegurar aportes modestos suficientes, en contribuciones mensuales, para costearle al pintor
su tratamiento como pensionista en el sanatorio
La Esperanza.» La nota periodística concluía con
un llamado vergonzante y desgarrador: «Las personas que se interesen por ayudar a esta obra de
humanidad y cultura, por salvarle a Cuba, repito,
uno de los artistas más genuinamente originales
y sustantivos que hemos producido, pueden comunicarse con la mencionada dama, cuya dirección es Paseo y 21 [.. .].»
¡Cuando visitaba a algún amigo ya no se quitaba el sombrero ni aun dentro de la casa. «No me
quito el chambergo para no llenarle la casa de
bacilos de Koch», expresaba, burlándose de su
enfermedad.
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