Relats Breus 2018.pdf

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El baúl de Andrea
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L vuelo salía a las siete menos cuarto de la tarde, pero tenía que estar en el
aeropuerto dos horas antes para facturar el equipaje. La fila avanzaba con
lentitud hacia el mostrador y, conmigo, el carro que transportaba el baúl de
Andrea.
Todos los veranos, desde los tres hasta los once años, los había pasado con
ella en su casa de la playa. Yo sabía que mi madre le daba dinero, pero también que
aquello jamás fue considerado por Andrea como una contraprestación a cambio de un
mero servicio. A finales del mes de junio, me pesaban en la báscula del pediatra y éste
anotaba el resultado en la cartilla sanitaria para luego repetir la operación a primeros de
octubre, cuando regresaba a la ciudad. El aumento de peso durante ese periodo
constituía la única información que resultaba de interés para mi madre, enojada con el
destino a causa de mi frágil naturaleza: nadie hace tanto daño como los que debieron
amarnos.
Cuando Andrea falleció me dejó este baúl. En su interior descansan decenas de
conchas, los libros que leíamos alternando un párrafo cada una hasta caer dormidas,
nuestros dibujos y aquella escultura para la que posé no sin dificultad para
mantenerme inmóvil. Empujo el carro con esfuerzo y lo sitúo frente al mostrador.
Presento el billete y mi documento de identidad mientras un par de mozos lo depositan
en una plataforma que emite dos etiquetas, una de las cuales es pegada sobre el baúl y
la otra entregada a mí junto con la tarjeta de embarque. Veo el baúl alejarse en la cinta
trasportadora hasta que desaparece tras atravesar unos flecos de plástico negro. Leo el
papel, es el resguardo de mi equipaje y en él figura su peso: treinta y dos kilos con
trescientos gramos, el mismo que consta escrito en mi cartilla tras el último verano que
pasamos juntas.
Eduardo Bieger Vera
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