alejandro dumas el hombre de la mascara de hierro (1).pdf

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levantó de la mesa, y con faz risueña hizo una seña a D'Artagnan, como para recordarle
que tenía otra cosa que hacer que no cenar juntos.
D'Artagnan comprendió y correspondió con otra seña, mientras Aramis y Baisemeaux,
al presenciar aquel mudo diálogo, se interrogaban mutuamente con la mirada.
Athos pensó que le tocaba explicar lo que pasaba, y dijo sonriéndose con dulzura: ––La
verdad es, amigos míos, que vos, Aramis, acabáis de cenar con un reo de Estado y vos,
señor de Baisemeaux, con uno de vuestros presos.
Baisemeaux lanzó una exclamación de sorpresa y casi de alegría; tal era el amor propio
que de su fortaleza, de su Bastilla, tenía el buen sujeto.
––¡Ah! mi querido Athos ––repuso Aramis poniendo una cara apropiada a las circunstancias, ––casi me he temido lo que decís. Alguna indiscreción de Raúl o de La Valiére,
¿no es verdad? Y vos, como gran señor que sois, olvidando que ya no hay sino cortesanos, os habéis visto con el rey y le habéis dicho cuántas son cinco.
––Adivinado, amigo mío.
––De manera ––dijo Baisemeaux, no teniéndolas todas consigo por haber cenado tan
familiarmente con un hombre que había perdido el favor de Su Majestad; ––de manera
que, señor conde...
––De manera, mi querido señor gobernador ––repuso Athos, ––que el señor de D'Artagnan va a entregaros ese papel que asoma por su coleto, y que, de fijo, es mi auto de
prisión.
Baisemeaux tendió la mano con agilidad.
En efecto, D'Artagnan sacó dos papeles de su pechera y entregó uno al gobernador. Este lo desdobló y lo leyó a media voz, mirando al mismo tiempo y por encima de él a Athos e interrumpiéndose a cada punto.
––“Ordeno y mando que encierren en mi fortaleza de la Bastilla.” Muy bien... “En mi
fortaleza, de la Bastilla... al señor conde de La Fer”. ¡Ah! caballero, ¡qué dolorosa honra
para mí el teneros bajo mi guardia!
––No podíais hallar un preso más paciente ––contestó Athos con voz suave y tranquila.
––Preso que no permanecerá mucho tiempo aquí ––exclamó D'Artagnan exhibiendo el
segundo auto, ––porque ahora, señor de Baisemeaux, os toca copiar este otro papel y poner inmediatamente en libertad al conde.
––¡Ah! me ahorráis trabajo, D'Artagnan ––dijo Aramis estrechando de un modo significativo la mano del mosquetero y la de Athos.
––¡Cómo! ––exclamó con admiración éste último, ––¿el rey me da la libertad?
––Leed, mi querido amigo ––dijo D'Artagnan.
––Es verdad ––repuso el conde después de haber leído el documento.
––¿Os duele? ––preguntó el gascón.
––No, lo contrario. No deseo ningún mal al rey, y el peor mal que uno puede desear a
los reyes, es que cometan una injusticia. Pero habéis sufrido un disgusto, no lo neguéis.
––¿Yo? ––dijo el mosquetero riéndose, ––ni por asomo. El hace cuanto quiero.
Aramis miró a D'Artagnan y vio que mentía, pero Baisemeaux no miró más que al
hombre, y se quedó pasmado, mudo de admiración ante aquel que conseguía del rey lo
que se le antojaba.
––¿Destierra a Athos Su Majestad? ––preguntó Aramis.
