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Su formación periodística le hace concebir la ceremonia nupcial como un reportaje. “Mi trabajo comienza cuando la
novia se maquilla y se peina, y reflejo su
nerviosismo e intranquilidad. Más tarde
voy al cuarto del novio, registro su impaciencia y el desorden de la habitación.
Después se ríen cuando ven las fotos, y
preguntan sorprendidos cuándo las tomé.
Ahí está el secreto: captar el sentimiento
en tiempo real”, asegura.
En ciertas bodas, el amor y la sinceridad son más palpables. Esas las guarda
en lo que llama la agenda roja de su corazón. “Con esas me identifico más, y si los
novios están relajados, felices y disfrutan,
puedo lograr mejores imágenes. El amor
me contagia y hasta se me aguan los ojos
cuando ocurren cosas lindas.”
Para el día señalado, Lázaro tiene su
ritual. Evita gestiones complicadas y trata
de estar tranquilo. La calma es fundamental, pues no trabaja con ideas preconcebidas. Si bien tiene su estilo, la instantánea
surge de su interacción con el entorno, la
familia y la pareja. Apropiarse con el lente
de lo inadvertido constituye el sello de este
artista, cuyas mejores armas son la sensibilidad, la comunicación y el respeto.
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