Agil Mente Estanislao Bachrach.pdf


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Introducción

Era un domingo de sol en Buenos Aires. Mi hija y yo estábamos en su juego favorito: la hamaca. En ese momento, Uma tenía dos años
recién cumplidos y podía pasarse unos cuarenta y cinco minutos yendo y viniendo por el aire, en ocasiones mirando al cielo y echando el
cuello hacia atrás. A mí me gustaba hamacarla de frente para verle la sonrisa permanente en pleno disfrute del tiempo presente. De manera
ingenua y adulta, cada dos minutos yo le ofrecía ir al tobogán o al sube y baja pensando que ya estaba aburrida. Me costaba entender cómo
podía pasarse tanto tiempo allí. Obviamente, usaba mi escala de tiempo, no la de ella. Cada tanto mis brazos dejaban de empujar, y yo
chequeaba en mi iPhone los e-mails, leía el diario por Internet o enviaba algún mensaje. Lo hacía estratégicamente de modo que al perder el
impulso, y antes de que me lo pidiera, volvía a empujarla para que sus rizos se sacudiesen contra el respaldo de la hamaca. Cuando de
pronto sucedió: “Papá, el lular, no”, me dijo todavía con una sonrisa. Me fui detrás de ella y comencé a hamacarla desde allí tratando de
engañarla e insistiendo con el touchscreen de mi pantallita. A los tres minutos de nuevo, pero esta vez sin sonrisa, sin “papá” y gritándome:
“¡El lular, no!” Lo guardé en el bolsillo a regañadientes pero convencido de que el equivocado era yo. Uma sentía que no estaba por
completo allí con ella, y era verdad. Fue una lección importante y desde entonces opté por no llevar más el teléfono a la plaza. Cada vez que
íbamos le mostraba que lo dejaba sobre la mesa del living, y eso la predisponía mucho mejor durante las siete cuadras hacia la placita del
barrio.
Diría que me sucedió alrededor de nuestra tercera visita a la plaza sin mi teléfono. Uma prefería ahora que la hamacara empujándola desde
atrás. Mis brazos iban y venían en una suerte de trance y con una cadencia relajante. De pronto en mi cabeza empezaron a aterrizar ideas,
las podía ver y tocar en mi frente, iban cayendo una detrás de otra sin orden ni tiempo de reacción. Qué hacer el fin de semana, cómo
presentar un proyecto a un cliente, cómo preparar una clase nueva, hasta cómo inventar aparatos para la ducha o hacer que los juegos de
plaza sean más seguros. Y de allí al infinito. Cuando Uma me comentaba algo de alguna paloma o de otro nene de la plaza, o me pedía un
caramelo, tardaba algunos segundos en contestarle y salir de ese monasterio de ideas. Sin embargo, a ella parecía gustarle un poco mi
desconcierto de segundos. Se reía y decía: “¡Papá! ¡Papá! ¿Estás loco?”
Esa tarde, durante el camino de regreso a casa, noté que muchas de las ideas que me habían llegado desde ese lugar, detrás de la hamaca,
las había olvidado. Algunas por completo y de otras sabía que se trataba de algo relacionado con un cliente, por ejemplo, pero no podía
recordar específicamente qué.
Por la noche, ya en la cama antes de dormir, tenía claro que se me habían ocurrido muchas cosas en aquella plaza, algunas mundanas,
conocidas, pero también otras no tan habituales: “creativas” o nuevas para mí. Sin embargo, no recordaba ya ninguna. También me olvidé
de este incidente hasta que volví a hamacar a Uma y ocurrió lo mismo. Dos veces seguidas no debía ser casualidad. Con mi formación
científica me propuse investigar qué estaba sucediendo, y a partir de allí, cada vez que me paraba detrás de la hamaca y comenzaba la
cadencia, la sonrisa y sus rizos dorados, esperaba de manera consciente y alerta verme de nuevo envuelto en mi lluvia privada de ideas.
Obviamente, eso no sucedía si lo buscaba y me esforzaba en obtenerlo.
Varias veces escuché en conferencias internacionales de negocios que más del noventa por ciento de los últimos productos y servicios
nuevos o innovadores que consumimos y disfrutamos surge de ideas que se les ocurren a empleados “comunes” y fuera del ambiente
laboral. Como en mi hamaca con Uma.
Hace dos años que me dedico a estudiar a esas empresas innovadoras y he logrado hablar con una cantidad de empleados interesantes de
diferentes jerarquías, culturas, empresas, países, idiomas e industrias, para llegar a la misma conclusión:

las ideas pueden aparecer en

cualquier momento pero fundamentalmente se manifiestan más seguido cuanto más relajados estamos
. Por probabilidad
matemática cuantas más ideas aparezcan en nuestro consciente más chances vamos a tener de que alguna de ellas sea buena, mejor, nueva,
creativa y diferente. Algunos lo llaman brainstorming reverso. En lugar de exigirle al cerebro que genere ideas durante dos horas los martes
por la tarde cuando al jefe se le ocurre, hay que aprovechar que la mente funciona las veinticuatro horas de los trescientos sesenta y cinco
días del año y sacarle el máximo rendimiento. Y así sucede; todos tenemos al menos uno o dos lugares, momentos o situaciones durante el
día o la noche, donde una tormenta de ideas nos invade el consciente. En el auto, la ducha, el subte, la cama, el baño, el asado, el deporte,
jugando, meditando, durmiendo, etcétera. Siguiendo los consejos de empleados de organizaciones muy innovadoras, de artistas y hasta de
ingenieros japoneses de Toyota, comencé a llevar siempre conmigo a la plaza una libretita para poder capturar las ideas de inmediato.