LA GUERRA SUCIA EN LAS SOMBRAS.pdf


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Pues fácil. Era un poder totalitario que ejercían sobre
quien quisieran, al más puro estilo mafioso propiciando todo
tipo de temores, amenazas e intimidaciones, que daban como
resultado el terror silencioso, la incertidumbre y al final, la
sumisión del pobre ciudadano que se callaba por miedo. El
mecanismo Psicológico de la guerra sucia era fácil de sostener
y manipular como instrumento mental remoto; si un político
tenia un adversario molesto descolgaba un teléfono en algún
lugar, daba unas breves instrucciones, y a continuación el
personaje en cuestión sufría un atentado, que rápidamente
era achacado al temible enemigo invisible, que para un caso
recurrente podía ser: La guerrilla, los terroristas, los
paramilitares, un grupo de bandidos, "Revolucionarios y sus
secuaces", o lo que les diera la gana de inventar y afirmar en
los medios de prensa afines puesto que al ser políticos
gozaban de credibilidad absoluta y también de cierta
impunidad. Pero lo que ustedes no saben es lo que siempre
había detrás de todo este apestoso tinglado. Para reforzar el
efecto control metal remoto de la población, especialmente de
los crédulos más fanáticos, disponían de "unas palabras
mágicas", más conocidas como propaganda neural basada en
eslóganes patrióticos muy convincentes:
“Hoy la Paz ha sido atacada, han muerto inocentes, y
debemos hacer algo. No nos podemos quedar con los brazos
cruzados”.
“Hay gente que no quiere la justicia, ni la paz, solo
quieren imponer su ley y sus fanáticas ideas”
Bueno... como se ve en estos dos sencillos ejemplos, son
mensajes enervantes que dan a entender a quien los reciba
que alguien esta en contra de un Estado, y por extensión, en
contra de los honrados ciudadanos, intentando derrumbar la
paz, la convivencia, el Estado de bienestar, y la Democracia”.
Bueno, no importa cuantas mentiras inventara un político
mafioso hablando con enérgica autoridad en nombre de un
gobierno para tomar acciones en contra de (¿...?) (Ni idea) sino
que esa justificación era el detonante, el consentimiento
social o la aceptación popular para que un Estado empezara a
realizar sus campañas de persecución delictivas.
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