Desarrollo emocional 0a3 simples.pdf


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bólico, aumenta su capacidad de elaborar las inevitables situaciones traumáticas o de frustración,
y emprende un camino más independiente para transitar las angustias propias de cada edad.
Entre los 2 y los 4 años, un niño necesita poder desafiar con su cuerpo y su psiquismo la aventura de
hacerse un lugar en el mundo, oponerse en algunas circunstancias y utilizar cierto dominio muscular
con los consecuentes niveles de agresividad esperables y necesarios para la experiencia, que es la
que dejará representaciones mentales de sí mismo y de su relación con los distintos contextos. Sin
embargo, si este estilo de relación con el mundo persiste, se intensifica, si se transforma en modos
de relación permanentes de dominio y de control, estaremos frente a un signo de alarma.
Estos signos pueden manifestarse a través de la alteración en:
• la adquisición, construcción y uso del lenguaje;
• las adquisiciones cognitivas (procesos de aprendizaje);
• la capacidad de simbolización (construcción de la realidad, lenguaje y juego);
• los procesos de socialización: dificultades de separación de los cuidadores primarios en el
momento de ingreso en el jardín de infantes o dificultades en la relación con los pares;
• La integración del esquema corporal y la regulación de la motricidad: impulsividad, torpeza motora que puede llevar por ejemplo a dificultades con el espacio y accidentes frecuentes (caídas,
se lleva las cosas por delante), alteraciones del tono muscular entre la hipotonía e hipertonía.

En esta etapa, y a partir de un desarrollo neurológico y emocional adecuado, se instala el comienzo
del control de esfínteres. Puede ocurrir que haya obstáculos o dificultades en la adquisición de estos
hábitos de control que no deben ser considerados patológicos sino del propio proceso. Recién a
partir de los 4 años podremos hablar de enuresis* (control inadecuado de la micción) y de encopresis*
(control inadecuado de la defecación).
También es importante tener en cuenta la variable cultural que puede diferenciar distintos procesos
de desarrollo y modalidades de crianza; por ejemplo, pertenecer a una cultura más silenciosa puede
incidir en las características del lenguaje del niño.
Si bien el uso de las herramientas diagnósticas debe ser respetado tal como lo proponen los manuales
redactados para tal fin, considerando el período de 0 a 3 años, la descripción más minuciosa que
hacemos de los signos de sufrimiento precoz corresponde a la evolución de los niños hasta los 2
años. Si a partir de los 3 años estos mismos signos se consolidan y persisten, dejan de ser signos de
alerta y son datos clínicos que indican el comienzo de una problemática o cuadro psicopatológico
más severo.
Los bebés sufren y las herramientas que nos permiten identificar ese sufrimiento son accesibles al
adulto presente, disponible para observar al bebé y sus vínculos y para realizar intervenciones simples. Es esencial y responsable identificar lo más precozmente posible el sufrimiento de un bebé.

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