Felicidad clandestina.pdf

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completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña
de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la
promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi
vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño
de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la
puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la
tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que
volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso
de la vida, el drama del "día siguiente" iba a repetirse para mi corazón
palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni
uno. A veces ella decía: pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde,
pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y
yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban
bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella
oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía
de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de
su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa,
entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada
vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena,
entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó:
¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía
de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en
silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia
de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue
entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena, le ordenó a su hija:
-Vas a prestar ahora mismo ese libro.
Y a mí:
-Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras. ¿Entendido?
Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: "el tiempo que
quieras" es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la
osadía de querer.
