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Por
Antonio Velasco
Foto: Manuel Lama
a
Aquella espléndida
rosa
ARTÍCULO
Aquella espléndida
rosa
por
ANTONIO
VELASCO
A
quel día, al salir del despacho comprobaba en esa rutinaria mirada que
siempre le dedico a las flores del pequeño jardín con que cuenta el patio
central, que una de mis rosas favoritas, aquella de aterciopelado color a la
que seguía su crecimiento por el puro placer de maravillarme cada día con el
milagro de ver como iba extendiendo sus pétalos, me di cuenta que aún no
estaba del todo preparada para afrontar la dura prueba de obsequiar al
viandante con el esplendor de su colorido y el deleite de su característico e
inconfundible olor. Apenado por esa circunstancia, pensé que ya no podría
asistir al espectáculo de contemplarla abierta en su plenitud, pues a mi vuelta el
lunes próximo, parecía bastante probable que su efímera vida como elemento
de adorno en aquel lugar, se habría extinguido para dar paso a ese penoso
espectáculo de alguien que se resiste a morir, y aunque sin quererlo, va
cediendo poco a poco sus mejores armas, las mismas que en plena lozanía le
dan esa notoriedad y ese poderío dentro de cualquier jardín y, que ahora, al
marchitarse, todos la compadecemos mientras a su vez se acepta el inexorable
principio de que eso es ley de vida.
S
contacto
antoniovelasc@gmail.com
in embargo, llegado el lunes me llevé una grata sorpresa, pues para mi
deleite y el de todos los que aún somos capaces de pararnos a mirar una
rosa, nuestra rosa, adelantándose ella a lo que biológicamente era
previsible, esa mañana estaba pletórica y con esas gotas de rocío repartidas por
su interior para resaltar aun mas una belleza tan conocida como admirada. Se
diría que estaba como empeñada en cumplir con una obligación impuesta por la
naturaleza y de la que era consciente desde su más tierna infancia. En aquellos
estambres paraban todo tipo de insectos en su incesante caminar polinizador y,
ella, erguida un poco por encima de las demás flores, parecía estar en actitud
desafiante mientras ignoraba las vociferantes consignas de unos humanos, que
sin contar con ella ni con otros muchos seres vivos, habían impuesto para ese
día una huelga en defensa de una supuesta libertad que, según ellos, se les
había arrebatado sin mas. De haberse plegado a las exigencias de unos
huelguistas de cuya existencia ella nada sabía, ahora debería haber cerrado sus
hermosos pétalos en evitación de que alguien, al informarle de su “derecho a no
trabajar”, terminase cortándola de raíz en un arranque de furia democrática,
acabando por tanto con su derecho a seguir ofreciendo belleza, que es justo el
trabajo que en aquel jardín desempeñaba. Para bien o para mal, lo cierto es que
esa rosa, dada su inocente y corta vida, ella no sabía de huelgas ni
reivindicaciones y seguía por tanto el programa previsto, de manera que
aprovechando el fuerte calor reinante, decidió continuar con sus obligaciones, y
ahí permanecía ofreciendo la serena belleza a la que ya nos tenía
acostumbrados, para ejemplo de todos aquellos que con carteles
reivindicativos, pasaban por delante de ella sin reparar en que esa rosa nunca se
declaró en huelga para pedir mas abono ni mas agua para su desarrollo, ni
solicitó servicios mínimos para que en el largo verano que en solitario soporta sin
sombras protectoras ni reglamentarias vacaciones, contara con alguien que al
menos se acordase de regarla y no tuviera que sobrevivir tan en precario como
ha de hacerlo año tras año.
